Como en la taberna
2 de Noviembre , 2016
La mayor concentración del apellido Rufián se registra en la provincia de Jaén. El personaje que lo lleva estos meses a titulares nace en Santa Coloma de Gramanet, pero es de origen andaluz. Quizás sus ancestros sean jienenses.
No puede ser plato de buen gusto colgar toda la vida con un apellido tan unívoco y peyorativo. A quien le toca en suerte el de Espantoso _ mayor concentración, en Galicia _, al menos le queda el consuelo de pensar que también es sinónimo de “grande, enorme”, ¿pero Rufián?
Lo compadezco.
Pero ocurre que el diputado de ERC es de los que gastan el colmillo retorcido; o como se decía en épocas belicosas, de los de la cáscara amarga. Cumple a la perfección la ley del charnego político, es decir, se muestra más nacionalista, y en su caso, más independentista, que los nativos del lugar a donde llega sin raíces familiares.
Todo ello da como resultado un parlamentario vulgar, tabernario, engreído, soberbio e insoportable, cuya misión principal, evidentemente, es ésa, molestar e irritar a más no poder. ¿Los requisitos? Tener un rostro feldespático lo suficientemente duro como para subir a la tribuna de oradores y soltar por esa boquita razonamientos de chigre.
Estos días se habla y se escribe mucho de él por lo del sábado. Quienes lo defienden dicen que su lenguaje no tiene nada de particular, que así habla el 90 por ciento de la población y que Rufián, en el fondo, es una persona normal y corriente.
Como diría Cantinflas, ahí está el detalle. Tan normal y tan corriente que debería dedicarse a escardar cebollinos, porque la tribuna de oradores está reservada, como las cátedras, a aquellos que son ejemplares, que relucen, guían y enseñan a las masas qué decir y cómo razonar, porque para oír los argumentos de cuatro zarrapastrosos, sobra Congreso, sobra bancada y sobra todo.











