Presidentes
2 de Febrero , 2013
Suárez y el Rey
Tendríamos que estar acostumbrados. Los presidentes españoles son objeto de las más terribles acusaciones, desde la cal viva, a la participación en guerras ilegales; desde el derroche y la estulticia partidista, al cobro de sobresueldos.
Tal es el resumen relativo a los presidentes, porque sobre el resto de la grey política ha caído toda suerte de sospechas con graves y regulares fundamentos.
Una tradición española fue cargarse a los presidentes por vía expeditiva, con una especial querencia contra la derecha. Prim, Cánovas, Canalejas, Dato, Carrero y tres amagos, a Maura, Franco y Aznar. Contra el rey o jefe del Estado también se intentó, pero siempre sin éxito.
Tampoco se ha visto nunca que el presidente dimitiese tras las acusaciones. Lo hizo Suárez en 1981, pero lejos de reprocharle nada, el Rey le concede meses después el título de duque.
En aquella despedida del cargo, el primer presidente de la democracia española expresa el temor que le embarga en ese momento y que nada tiene que ver con su abandono de la Moncloa, sino con el miedo a que ese período de concordia entre los españoles que él inauguraba fuese, una vez más, una época transitoria entre dos de inestabilidad, la dictadura de donde se venía y una nueva cuyas características no podía intuir entonces.
Nadie dijo que la gobernabilidad en convivencia fuese asunto sencillo, y mucho menos en un pueblo más inclinado a los derroteros anarquistas, que a las soluciones solidarias, pero es obligación de quienes se autoproponen para lograrlo que sus propias limitaciones, ambiciones o miserias no sean un obstáculo más en el camino, porque el éxito o el fracaso de cada uno de ellos solo estará ligado al éxito o al fracaso colectivo.










