El país de Monipodio
12 de Febrero , 2013
El Tribunal de Cuentas, en Fuencarral
Es lunes carnavalero y bajo la nieve se conoce el abandono del Papa, el penúltimo según san Malaquías / san Felipe Neri. También caen algunas caretas. Vamos con estas últimas.
Se dice que socialistas y populares, en el Gobierno unos tras otros, conocían desde hace tres años los chanchullos de los pujoles, asunto sobre el que no hicieron nada.
Tapar y mirar hacia otro lado es la actitud aconsejable si queremos que la bola de nieve crezca hasta que sea imposible moverla, entre otras razones porque quienes han de hacerlo forman parte de la propia bola.
Se habla de tomar medidas contra la corrupción y suena a chiste. No hacen falta medidas, ni leyes, ni organismos. De todo ello tenemos en abundancia. Lo que hace falta es voluntad de aplicarlas, ganas de que la ley deje de ser papel mojado y eficacia en las instituciones.
Se habla ahora de la inutilidad del Tribunal de Cuentas, como antes se dijo del servicio de Inspección del Banco de España o del Senado. Pero la inutilidad no viene dada por el organismo, sino por la actitud de las personas que lo ocupan. ¿Cómo va a ser inútil un T. de Cuentas? Vaya con la propuesta a cualquier sociedad formal y verá qué cara ponen.
Pero la frase dicha tantas veces en las tertulias: “Éste no es un país serio”, se manifiesta a la vuelta de la esquina en su cruda realidad. Su incapacidad manifiesta por distinguir el bien común, su acendrado espíritu egoísta y su tendencia a descubrir la trampa legal, no para repararla, sino para colarse a través de ella y aprovecharse, nos ha llevado a construir un grandioso patio de Monipodio en el que no faltan representantes de ninguna especialidad delictiva, incluidas las sangrientas.
Insistimos en una idea ya expuesta. La única medida efectiva contra la corrupción es a largo plazo y pasa por las aulas.











