Más allá de la imputación
5 de Abril , 2013
El núcleo duro
La imputación de la infanta ha sido recibida como un elemento sorpresa, cuando en realidad era la única salida lógica a su posición en Nóos, incluso a su favor, como trata de decir el juez Castro en un auto de filigrana que ya es conocido urbi et orbe, como pocos antes lo habían sido.
Pero más allá del impacto de la noticia y mucho antes que ésta se produzca, en el juicio sereno de cada español que busque siempre lo mejor para su país sin pasar por las horcas caudinas, ya se había instalado una penosa decepción en torno al comportamiento de la hija del rey. Una decepción que supera la posible culpa derivada de la actuación judicial y que en ningún caso se verá aminorada aunque no se procese a la infanta; o si lo es, aunque consiga un fallo que la exonere.
La decepción existe desde el momento de conocer el tipo de hombre que elige para compartir el ducado de Palma, o lo que es lo mismo, quien va a aparecer infinidad de veces en las fotografías al lado del rey y del príncipe de Asturias.
No vamos a decir que esa decepción sobrevenga en el momento de su matrimonio; hasta ahí no llega la perspicacia, ni siquiera la de quienes lo tildan entonces como “el yerno ideal”. Pero sí cuando se descubre quién es el señor Urdangarín, a qué dedica su tiempo libre y cuál es la consideración en la que tiene a su suegro y a su propia esposa.
Lejos de advertirle sobre la peligrosidad de sus tejemanejes, hay que suponer que lo alienta y que participa con agrado en la estructura de Nóos, convirtiéndose así ella misma en una bomba de relojería preparada para estallar en manos de su padre y muy cerca de su hermano, para quien diseña el más difícil de los escenarios de llegada.
¿Imputada la infanta? Bueno, sí. Es histórica. Pero la decepción ya estaba consolidada y la imposibilidad de borrarla, también.










