Civismo sumergido
1 de Febrero , 2014
Por algo se empieza
Tiene muy mala acogida decir que de un pueblo cívico no pueden surgir políticos corruptos; o peor a la inversa, que de un pueblo sin firmes convicciones sobre lo público no pueden esperarse políticos íntegros. Se suele afirmar, sin duda por olvido del principio de Pascal sobre vasos comunicantes, que de lo uno no tiene por qué derivarse lo otro. Vamos, que se cree en los milagros.
Como en estos asuntos no existen el blanco o el negro absoluto, el panorama siempre se ve dominado por los grises, y no nos referimos a la antigua Policía Nacional, sino a los mediocres. Y ahí es donde debemos actuar si realmente queremos que nos represente y administre la excelencia.
Pero mal vamos si la economía sumergida representa una cuarta parte del total nacional, porque significa que al menos otra cuarta parte vive en un civismo sumergido que comienza en los berrinches infantiles mal corregidos y se prolonga al sembrar de cáscaras de girasol el lugar donde las hemos comido, arrojar al suelo chicles y envoltorios, dejar la comida en el plato, escupir, desparramar envases de plástico y cristal donde los hemos bebido, mear en las saunas, romper papeleras y mobiliario urbano, quebrarle las narices a la estatua de Otero Pedrayo, tronchar ramas, ahorcar perros, pescar con dinamita, tomar las paredes como lienzos de pintura, pinchar ruedas, copiar en los exámenes, dejar las salas de los cines como Waterloo al día siguiente, gritar por la noche sin ser Pavarotti, arrojar la basura donde nos convenga, saltarse semáforos y pasos de cebra, aplaudir a asesinos, recoger percebes sin licencia, evadir capital, escaquearse de los impuestos y apoyar el incumplimiento de las leyes, sean éstas del grado que sean antes de cambiarlas.
¿Qué se puede hacer contra la corrupción? ¡Hombre! Mucho.











