Lo fácil y lo difícil
30 de Octubre , 2014
La Guardia Civil en el lugar del crimen, un edificio oficial
La lucha contra la corrupción no es un arcano de imposible formulación, ni una utopía irrealizable. Es más, se parece a la lucha contra la delincuencia, pero incluso nos atrevemos a decir que es mucho más sencilla que ésta; queriendo, claro.
Ambas se dirimen en tres grandes campos de batalla, la prevención, la curación y la penitencia. Por decirlo rápido, prevenir es construir un país con un fuerte sentimiento comunitario, honrado, culto, responsable, solidario y autosuficiente en lo económico. Casi ná.
Mientras veamos la corrupción como una plaga bíblica, pero aplaudamos con las orejas cualquier intento particular por burlar las obligaciones comunitarias _ y aquí se abre un amplio abanico de actitudes individualistas de semidelincuencia que van desde el gamberrismo al fraude fiscal _, siempre quedará camino por recorrer.
En el siguiente peldaño, el ámbito donde debe ser curado el mal, es donde la corrupción, al menos sobre el papel, ofrece más ventajas que el resto de la delincuencia, porque no son garitos de los bajos fondos, ni zulos, ni cuevas en recónditas cordilleras, sino despachos de la Administración. Sus autores no son prófugos, ni mafiosos con doble documentación, ni psicópatas confundidos entre la masa, sino personas con nombres y apellidos, nombrados para ocupar esos puestos, reconocidos en más fotografías que el pequeño Nicolás, que manejan papeles oficiales, que pertenecen a una estructura piramidal y que deben rendir cuentas de cada paso que dan.
El Estado de las autonomías permite que el control de toda esa actividad haya dejado de ser único, pero eso no impide que la nómina de presuntos haya salido alguna vez publicada en un diario oficial, lo cual favorece que se imposibilite el delito mediante instituciones que ya existen. Basta que funcionen.











