9N
9 de Noviembre , 2014
Piedras para el recuerdo
De todos los temas a los que se podría dedicar la columna en esta fecha, la cordura aconseja que la elección se decante por Berlín.
Hace 25 años la ciudad vivía un crudo invierno con temperaturas varios grados bajo cero. Hoy los berlineses podrán conmemorar la jornada con 15 grados positivos. La diferencia no es achacable a la caída del muro, claro, aunque la sensación era que se habían abierto las puertas de Siberia y que entraba el General Invierno con tropas y pertrechos. Todo lo contrario. Las bocas humeantes invaden las calles y ninguna noche es lo suficiente fría para impedir que berlineses y visitantes recorran alguno de los numerosos clubs y bares con música en directo. Desde el clásico y reducido A-Trane, hasta otros con aforos centenarios, todos están a rebosar. Y eso no fue nada comparado con el aluvión de inauguraciones que iban a sucederse durante los primeros noventa.
Si de Madrid se dijo un día que todas las tardes, o te daban una conferencia, o la dabas tú; de la noche de Berlín cabría mudar conferencia por concierto.
En su famoso zoo, uno de los pocos lugares solitarios, la manada de veintitantos lobos allí recluidos aúlla con desesperación bíblica a la espera de que otros les contesten a través del frío cortante que todo lo preside, menos el corazón del hombre.
El muro, aunque convertido inmediatamente en mercadillo de souvenirs, es el atractivo principal de aquella fiesta. Sus trozos, aquéllos que contienen partes de los murales pintados durante tantos años, se venden de acuerdo con tarifas nunca reguladas. Los guijarros, a dos marcos. Los pedruscos, a cinco.
Querías suponer que sus vendedores son berlineses del Este, que así se vengan del sufrimiento causado, pero no sé. Habría de todo, porque sobre el papel ya no existían berlineses de dos clases.











