Autorreconocimiento
19 de Noviembre , 2014
El antifaz no ayuda a autorreconocerse
Ayer no era el mejor día en España para abordar el reconocimiento del estado palestino, habida cuenta que el desayuno estuvo marcado por la matanza de la sinagoga de Har Hof, aunque también es cierto que si la exigencia fuese la ausencia total de violencia, jamás encontraríamos la fecha oportuna para hacerlo. Jamás de jamás, y jamás de Hamás, que es el primer interesado en que no se produzca.
Nadie puede dudar que el reconocimiento es el primer paso para favorecer una situación más estable, aunque se teme que pueda agravarla hasta lo indecible. Lo que sí se presenta claro en este eterno conflicto es que no lo protagonizan buenos y malos, siendo quienes sean cada uno de ellos, al gusto del opinante.
Y tampoco hace falta demostración empírica de que en ambos bandos hay sufrimiento a raudales, o de que nadie hace lo suficiente para avanzar en un dirección que permita la coexistencia. Por todo eso causa desazón y pesimismo que el conflicto ocasione partidarios acérrimos de una u otra causa, ya que ése es el camino más seguro para prolongarlo sin fecha de caducidad.
El reconocimiento del estado palestino, en si mismo, no debería tener detractores, salvo por parte de aquellos palestinos que no están dispuestos a asumir las responsabilidades de un estado, renunciando al contrapoder que convierte a Hamás en un peón importante de la estrategia mundial.
Desarticulada y absorbida por la infraestructura de una nueva administración, a Hamás le quedan dos vías: convertirse en una organización al servicio pacífico de su nación, o reafirmarse con más medios para seguir siendo un factor de desequilibrio internacional. La segunda opción es la que Israel ve más factible.
La cuestión no está en reconocer o no al nuevo estado, sino que se reconozcan ellos mismos.











