Calles vivas
20 de Agosto , 2014
Vivo y coleando
Hubo un tiempo en el que los nombres de las calles eran fruto de la decisión del pueblo, del uso y de la costumbre. El marqués viudo de Pontejos, coruñés él, llegó a la alcaldía de Madrid para imponer cierto rigor en la anarquía popular para beneficio de carteros, mulas de alquiler y simones. Deberían numerarse a derecha e izquierda con pares e impares correlativos desde el extremo más cercano a la Puerta del Sol. Las demás ciudades siguieron su ejemplo hasta quedar en manos de los concejos las competencias sobre toponimia callejera.
Eso significó la llegada de nombres que nada tenían que ver con la tradición, la historia, el trazado o la orientación de la propia calle, sino con el homenaje que en cada caso se quiso realizar.
Aún así, muchos regidores mantuvieron la ley no escrita de no dedicar ninguna vía a personajes que no hubiesen muerto sin haber superado el juicio de la historia. La II República se cargó los nombres monárquicos y el franquismo se saltó todas las reglas para enaltecer a sus vivos y muertos, especialmente al número uno, que apareció en todos los pueblos como gran piedra angular sine qua non.
El caso Pujol ha venido a demostrar cuán sabia era la prevención sobre los vivos que debería haberse mantenido sin excepciones, pues ahora el ayuntamiento de Premià de Dalt, por ejemplo, se encuentra con una estatua del expresidente, de tamaño natural y en actitud caminante, que preside la plaza de su nombre. Y claro, cada vez que la cruzan, los ciudadanos de Premià se preguntan si deben imitar ellos el comportamiento del señor de la estatua, o qué coño pasa.
De modo y manera que están pensando muy seriamente en quitarla de allí, dedicar la plaza al descubrimiento de la penicilina y encargar una estatua de Fleming, que es un tipo que nunca molesta y encima cura.










