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Leña a Xan

Jueves, 6 de Abril, 2017

No siempre hizo de sereno gallego

Xan das Bolas, Juan de las Mentiras, o Fernando Tomás Ares Pena, fue célebre hasta la extenuación, y lo sigue siendo a su pesar porque la polémica que arrastra su papel de gallego no acaba con la muerte del actor y resurge de vez en cuando.

Salvador Lorenzana critica la “triste vulgaridad con la que pretende ridiculizarnos”, mientras que otros lo defienden a capa y espada, en el entendimiento de que atacar a Xan es atacar a Galicia, o a lo gallego.

Y el actor, en el medio, recibiéndolas de todos lados. En 1948 se las dieron físicamente en Pontevedra y en Lugo. Como quizás se hayan olvidado, las recordamos.

Rueda Botón de ancla en Marín y se aloja en las propias instalaciones militares. Una noche se va de copas con unos amigos a Pontevedra y cuando vuelve, pasadas las tres, supera sin problemas el primer control, pero camino del dormitorio, bajo una lluvia de calderos, otro soldado de guardia le da el alto. No sabe qué responder. Se le ocurre apelar al oficio y dice: “¡Del cine!”

El soldado razona: “¡Del cine no puede venir nadie a estas horas! ¡Cuerpo a tierra!” Y Xan se arroja al charco que tiene delante.

La de Lugo es incluso más directa. Actúa en un Gran Teatro a rebosar. Las luces se apagan y el público espera que suba el telón para que aparezca Xan, pero nada de eso sucede. Por el contrario, del hall emerge hacia el pasillo central de butacas un hombre que barbariza contra la taquillera y el precio de la entrada.

_ Nin que deran marisco no descanso! Que roubo!

Tras él, el guardia de servicio en el teatro intenta reconducir al esbardallante. No lo consigue y opta por darle un sonoro bofetón a palma abierta.

Naturalmente, aquella entrada es el inicio del espectáculo, pero Xan das Bolas se lleva en el rostro los cinco dedos del gris, que no estaba avisado.

Aguimana en Saturno

Miércoles, 5 de Abril, 2017

El viaje a Saturno

No podía faltar en una relación de eminencias desconocidas y personajes asimilados la presencia de Tirso Aguimana de Veca, cuyo florido nombre, una vez tiradas sobre el papel por separado las mismas letras, algún día darán como resultado Agustín María Acevedo, que es como le pusieron sus padres con un Rodríguez final.

Pero si Agustín fue médico nacido en Ribadeo el 4 de junio de 1806, Tirso fue novelista en 1870, publicando el título por el cual está hoy aquí, es decir, Una temporada en el más bello de los planetas.

El argumento de la novela se resume en pocas palabras. Dos congéneres del planeta Tierra, un científico alemán llamado Leynoff y un muchacho español de nombre Mendoza, se enfundan en sendos trajes espaciales y aprovechando que sopla el Cierzo, viajan hasta el planeta Saturno como quien va a La Bañeza por la mañana y vuelve por la tarde.

Hay que ver éstos de A Mariña el tiempo que dedican a la navegación aérea, porque entre Aguimana de Veca, Ubaldo Pasarón y Lastra y Tomás Mariño Pardo revolucionan el transporte humano por los aires de una sentada.

Para ubicar bien en el tiempo Una temporada… hay que tener en cuenta que Tirso, o sea, Agustín, la escribe veinte años antes de su publicación, con lo cual se anticipa en quince a De la Tierra a la Luna, de Julio Verne.

De poco le vale al genial Aguimana de Veca, porque hoy Verne es conocido de todos, y a él se le está dedicando una Cuerda de célebres. Siempre nos pasa lo mismo, que no sabemos vendernos.

Bien harían nuestros amados administradores públicos si recopilasen la obra de Aguimana, la de Pasarón y la de Mariño para ser reconocidos por sus paisanos y por el mundo entero como los gallegos que volaron antes y más lejos que nadie, excepción hecha de Ícaro.

El pato chino (y III)

Martes, 4 de Abril, 2017

Fiestas en La Bombilla

A base de cafeína y aceite alcanforado los ciento treinta intoxicados en la Casa de Juan recuperan poco a poco la estabilidad perdida, aunque nadie olvidará aquellas horas vividas como en una moderna película de terror colectivo.

Cuando ya han pasado tres días y parece que el episodio se puede saldar sin víctimas mortales, la familia del lucense Antonio Fernández Niño, de 58 años, da aviso de que su estado empeora. Es atendido pero a las pocas horas fallece. Antonio se convierte así en la única víctima de aquel episodio que hace tambalear el negocio de los dancing de La Bombilla.

Se culpa al huevo, o la leche con la que elabora el helado. Fue un madrileño 2 de agosto y los comensales, en vez de llegar a la una, comenzaron el banquete a las tres, lo que produce un deterioro de la albúmina. Eso se dice.

Casa de Juan resistirá una década más hasta que desaparece antes de la guerra.

La prensa aprovecha para atacar esa peculiar forma de ser que tenemos los españoles respecto a las normas de prevención higiénica. Recuerda que si el porcentaje de muertes achacables a la falta de higiene en Europa es del 13 por mil, en la España de años veinte lo subimos al 23 por mil.

Y a la hora de señalar los culpables de la muerte de Antonio y la intoxicación del resto, se apunta a las llamadas yemas artificiales utilizadas en pastelería.

Algunos médicos dirán por este motivo que no son artificiales, sino huevos de pato chino que en gran cantidad llegan en latas y cuñetes al puerto de Barcelona desde los de Hong Kong o Shangai, después de una travesía en condiciones dudosas, con retrasos que no se controlan y temperaturas que no se imaginan.

La lectura del informe sobre las condiciones sanitarias de los huevos de pato chino tuvo que quitar las ganas de tomar helado a los madrileños el resto del verano.

El barrendero de Lugo (II)

Lunes, 3 de Abril, 2017

Domingo Malmierca y Concepción, ese día

Dos bodas reúnen en la Casa de Juan a 200 invitados. Es agosto de 1923. Unos tomarán tortilla de escabeche, especialidad de la casa, pollo asado, langosta, ternera con ensalada, helado, queso, flan y fruta. Los otros introducen la paella a cambio del pollo.

Todo transcurre como los contrayentes, las familias Malmierca y Veres, habían soñado, pero a partir de las cinco y media se desencadena el horror. Un grupo de invitados presenta síntomas alarmantes. Dolores, mareos, náuseas, vómitos… El número de afectados aumenta con el paso de los minutos.

Pronto llegan a la conclusión que algo de la comida no se encuentra en buenas condiciones y que todos acabarán como los que ahora ven retorcerse, desvanecerse, llorar…

Antonio Fernández Niño es un barrendero nacido en Lugo que asiste al banquete de los Malmierca. Está mal del estómago y apenas ha comido, por lo que se siente aliviado. Tan solo toma dos raciones de helado, por ser lo que le parece más ligero.

Todos se preguntan qué han comido. Hay afectados de los dos enlaces, por lo tanto las sospechas se centran en la tortilla de escabeche, común en ambos menús, pero minutos después la suposición cae por su propio peso. Pero el lucense Fernández Niño no prueba la tortilla y comienza a sentir los mismos síntomas. Ya no hay duda, ha sido el helado.

El desconcierto es total. No hay coches para tanto transporte y se echa mano del camión de detenidos de Orden Público. Son setenta, cien… hasta doscientos dirá la prensa al día siguiente. No, la cuenta se para al llegar a los 133.

El propietario, César Jurado, y el cocinero González Guitián son detenidos. El primero aboga por su inocencia diciendo que miembros de su familia están hospitalizados como los demás. Ya, pero la justicia no confunde falta de voluntariedad con falta de responsabilidad.

La Casa de Juan (I)

Domingo, 2 de Abril, 2017

Bebedores de sidra en Casa de Juan

En las primeras décadas del XX trabajan a destajo en Madrid unos establecimientos conocidos como dancings o te-dansant, en los que se combinan los conceptos de terraza, jardín, sidra, restaurante, atracciones, cafetería, espectáculo, baile, bodas, banquetes, homenajes…

Una buena parte de ellos están concentrados en el parque de la Bombilla, la Bombi, así llamado porque en su momento fue el punto final de los tranvías y para que diesen la vuelta, se habían trazado unas vías en redondo con forma de bombilla.

Allí se concentran la Casa de Juan, el Niza, La Huerta, Dancing Bombilla, Campo de Recreo, Los Cipreses, o El Parral. Reminiscencia de todo aquello es la famosa Casa Mingo, con sus pollos y su sidra en el Paseo de la Florida, que ya existía en esos tiempos de los dancings en la Bombilla.

De entre todos, la Casa de Juan goza de un aprecio especial para celebrar bodas y homenajes, pues sus estupendos menús oscilan entre las cinco pesetas iniciales y las 10,50. Allí acude Galdós para rendir homenaje al fundador de El País, Antonio Catena; allí debuta Pepe Marchena, allí cantan las Gemelitas y allí es frecuente ver cómo se contonean las estrellas de la incipiente industria del cine.

Tal como escribe Álvaro Retana, presentar Casa de Juan a los madrileños es como presentarles el Manzanares. El propietario de tan magnífico negocio es César Jurado y entre sus reputados cocineros se encuentran José Caparrós y José María González Guitián.

Pero todo va a cambiar el jueves 2 de agosto de 1923. Para el mediodía de esa fecha se ha contratado la Casa de Juan con el fin de celebrar los banquetes de dos bodas. En una de ellas se espera la presencia de 140 invitados y en la otra serán menos de la mitad, 60.

Tras la comida habrá baile y diversión garantizada porque están en el local indicado para ello, pero…

Víctima de los leones (y II)

Sábado, 1 de Abril, 2017

La noticia

No sabemos cuándo sale de Lugo Nicanor García, pero háganse a la idea. El 21 de enero de 1921 tiene 16 años y lleva dos meses trabajando a las órdenes del domador de leones belga Arthur Delhayer, también escrito Delhayenn. Atiende las jaulas, da de comer a las fieras y ayuda a transportar todos los utensilios necesarios en pista para el espectáculo.

Cuando el periodista Diego San José publica en Madrid un recuerdo de la fuga de los leones de Malleu en la Feria de Navidad de Valencia el 12 de enero de 1900, Nicanor sale de limpiar una jaula instalada en la Feria de Navidad de Valencia de 1921 y la deja mal cerrada.

En ella están los cinco leones de Delhayer. El muchacho vuelve atrás para enmendar su error, pero ya es demasiado tarde. Uno de los felinos, el llamado Verdura, se ha dado cuenta del despiste y aprovecha la rendija para escapar.

Ahora el obstáculo en su fuga es Nicanor, que acaba de dar los gritos de alerta. El animal descarga un zarpazo contra el joven y le arranca el cuero cabelludo. Delhayer ya está frente a la jaula cuando otros dos se ceban en Nicanor.

El belga se hace con una barra de hierro y gracias a su autoridad frente a ellos y a su valentía, logra reconducir a los cinco sin que alcancen los espacios públicos como habían hecho los dos de Malleu veintiún años antes.

Arthur y Nicanor son trasladados al hospital valenciano y mientras el primero es dado de alta el mismo día, su joven ayudante permanece ingresado en estado gravísimo hasta que fallece tres días después.

La ciudad vive una psicosis de fugas y carnicerías. La noticia el 29 de enero es que se han escapado cuatro leones que deambulan por Valencia.

Al día siguiente, el periódico debe rectificar. No eran leones, sino mulos. Pobre Nicanor. Qué vida tan corta.

Nicanor y el circo (I)

Viernes, 31 de Marzo, 2017

Cartel de Félix Malleu

La historia del lucense Nicanor García es breve, como veremos estos días. Sin embargo, en torno a él se pueden contar acontecimientos que enlazan varias décadas.

Hubo un tiempo, entre el XIX y el XX, en el que el domador de leones Félix Malleu se gana la vida, no solo con su espectáculo de fieras, sino durmiendo con ellas en el Circo Colón de la plaza de Santa Bárbara. Seguro que Ramón Pernas sabe algo de eso. La gente podía verlo roncar a cualquier hora dentro de la jaula y a cambio le deja unas monedas.

La vida de Malleu forma unos constantes dientes de sierra que van de la fama al olvido, de la gloria a la miseria, de los leones a los muñecos. Su vida de domador inspira una obra de Pilar Millán Astray, y como marionetista suscita el interés de Buñuel y Lorca.

En enero de 1921, cuando ya ha abandonado las fieras y se dedica a los títeres, un periodista madrileño, Diego San José, publica toda su trayectoria en un artículo nostálgico y de homenaje, pues él lo recuerda siendo el primer domador que mete la cabeza en las fauces de un león, durmiendo con ellos, o luchando a brazo partido contra dos ejemplares que se le escapan de la pista cuando participa con ellos en la Feria de Navidad de Valencia, que casualmente se está celebrando en esos mismo días.

La fuga de Malleu _ la de sus leones _, sucede el 12 de enero de 1900, veintiún años antes. Se incendia el circo Feijóo y los dos machos del domandor, Fortuny y Conde, campan por las calles valencianas como el toro que mata Fortuna, por las de Madrid.

Hieren a tres peatones, pero gracias a la habilidad de Malleu y a la valentía de su ayudante, José Sánchez Agudo, consigue devolverlos a la jaula sin mayores desgracias.

Pero, ¿y nuestro Nicanor García? ¿Qué pinta el lucense en todo esto?

Ni paro, ni jubilación (y II)

Jueves, 30 de Marzo, 2017

Una de las obras de Avelino Rodríguez Elías

El trotamundos de Viveiro, Francisco Saturnino Martínez, salva con salud e ingenio su encuentro con los aimaras, de mal nombre collas, hasta el punto de que Evo Morales, perteneciente a ese pueblo, crea la Coca Colla, pero prohíbe utilizar ese nombre como despectivo. Algo así como si Núñez Feijóo prohibiese hacer chistes de gallegos.

Estamos mucho antes y Francisco, satisfecho por el número de kilómetros recorridos, se asienta en Paraguay, donde trabaja la tierra hasta que la Sociedad Española de Socorros Mutuos, que tanto ha hecho por la emigración, lo acoge en su Hogar Español de Asunción, donde cumple, como mínimo, los 101 años de edad.

Cuando el periodista luso-gallego Avelino Rodríguez Elías lo encuentra a esa edad en Asunción (1948), Francisco es el más activo de los allí acogidos. Ha solicitado una azada para cavar la huerta a diario y ayudar así al sostenimiento del Hogar, que vive de las aportaciones de los españoles residentes en la capital paraguaya y de la propia sociedad fundadora.

La entrada al edificio se inicia con dos escalones más altos de la cuenta que muchos de los ancianos residentes no pueden salvar sin ayuda, por lo que la institución ha solicitado voluntarios para que estén siempre al quite y echen una mano a los que menos fuerzas conservan en las piernas.

Por supuesto, a sus 101 años, uno de los permanentes samaritanos es Francisco, que siempre aparca por unos momentos la azada y se apresta a servir de ascensor a quienes ya no pueden subir sin ayuda.

Si a esto añadimos que el único objeto de su propiedad que guarda con cariño es un despertador que lo saca puntualmente de cama para iniciar su tarea, comprenderemos por qué Francisco ha llegado a cumplir tantos años y por qué entonces nadie habla de generaciones perdidas.

El médico de Evo (I)

Miércoles, 29 de Marzo, 2017


Francisco Saturnino, fotografiado por Avelino Rodríguez en su habitación del Hogar Español de Asunción (1948)

De nuestro personaje de hoy nos da noticia el periodista Avelino Rodríguez Elías, que lo localiza en el Hogar Español de Asunción (Paraguay), el 19 de marzo de 1947, cuando se dispone a celebrar sus primeros cien años de vida.

Se llama Francisco Saturnino Martínez, sin segundo, como entonces se dice. De su centenario se deduce por tanto que nace el 19-III-1847, y sin embargo no le ponen José.

Lo hace en Viveiro y ya en edad moza se convierte en trotamundos, aunque de cortas etapas, pues se traslada de la ciudad del Landro a la del Masma, Mondoñedo, y de allí, a la del Xuvia, Ferrol, donde se beneficia de las ayudas de la Fundación del marqués de Amboage, que mediante pago libra a los jóvenes del distrito de las obligaciones militares.

Joven y sin cargas, nuestro célebre se traslada a Lisboa, donde trabaja y se lo pasa muy bien, según su propio testimonio; pero al cabo de unos años la capital portuguesa se le queda pequeña y decide dar el salto al Brasil, y de ahí, a Bolivia, siempre en aras de vivir lo más feliz y despreocupado posible.

Se gana lo poco que necesita con una máquina fotográfica que le permite revelar al minuto y vender ese instante a novios, pandillas y militares. El minutero recorre Bolivia cuando tropieza con indígenas aimaras, de mal nombre collas, predecesores de Evo Morales.

Por razones que solo se intuyen, los aimaras dan en pensar que Francisco Saturnino es un curandero _ quizá por la cámara instantánea _, y le piden que cure a los enfermos de su grupo.

Pasado el tiempo, el de Viveiro explica que no cree oportuno contradecirlos y se mantiene en su papel de falso menciñeiro.

Con agua azucarada y cocimientos de hierbas sale del apuro sin curar demasiado, pero también sin matar a nadie. Al menos hasta que desaparece como puede.

Juana, subalterna a su pesar

Martes, 28 de Marzo, 2017

Fortuna (x), tras rematar la faena

En el apartado de célebres por un día ocupa un sitial destacado la lucense Juana López y López, de idénticos apellidos que Julia, aquella mujer que sobrevive al hundimiento del Princepessa Mafalda.

Juana de 66 años, también vive en Madrid el 24 de enero de 1928. Ese día, Nicolás Fernández amanece en Carabanchel Bajo enfrascado en las labores de conducir tres astados al matadero, dos toros y una vaca. Algo hace mal porque uno de los astifinos se tira a la calle y en veloz carrera se dirige al Puente de Toledo, que es el camino más corto para llegar al centro de la ciudad.

El bicho reparte sustos mientras es seguido por un muchacho que toma a la vaca de una cuerda a manera de cabestro, confiado en poder reducir a aquella fiera desatada.

De Toledo, que es puente, a Segovia, que es puerta, y allí el toro se encuentra frente a frente con Juana, que siendo de Lugo, se asusta lo justo a la vista del morlaco y trata de protegerse detrás de un árbol.

Sin embargo, algo ve en ella el animal, que decide hacerla su primera víctima. La coge, la empitona, la zarandea y Juana vuela por los aires en imposibles volteretas. Pero no se ceba en ella y el toro enfila ahora el Paseo de la Virgen del Puerto.

Recogen a Juana y la conducen a la Casa de Socorro del distrito de Palacio, donde le aprecian conmoción visceral y contusiones en la cabeza y el tórax, de pronóstico reservado, aunque la policía la califica de grave. Vive en Pinos Alta 7 (Tetuán de las Victorias), calle que hoy se mantiene.

El reguero de heridos, brincos y topetazos se prolonga por Ferraz, Plaza de España y Leganitos, hasta que en la Red de San Luis es estoqueado por Diego Mazquiarán, Fortuna, torero de profesión, entre los entusiastas aplausos del respetable, peatones y conductores que en aquel momento circulan por la Gran Vía.