Filósofos del exabrupto
10 de Octubre , 2015
No quería ofender, sino agradar
Nunca hubo escasez de soeces, procaces ni blasfemos; más bien todo lo contrario. Abunda el dueño de la palabra gruesa, el insulto y la defecación hacia instancias superiores porque está chupado y no se necesita el menor esfuerzo intelectual para hacerse con el master. Basta acodarse dos noches en la barra de un bar de mala muerte y asistir a tres encuentros de fútbol en las gradas apropiadas para que te den el cum laude con orla universitaria.
La novedad no es por lo tanto el rechazo del diálogo razonado, sino los nuevos ámbitos que han alcanzado los filósofos del exabrupto, algunos de ellos gracias a la inestimable colaboración de los caudales públicos, que los contratan como números imprescindibles para la equidistancia política de sus fiestas, seguramente convencidos de que poniendo una vela a Dios y otra al Diablo se aseguran la vida eterna, ya sea en olor de santidad, ya entre azufre flatulento.
Ítem más. Como no todos los días hay fiesta y con el fin de ahorrarse la contratación de extraños, algunas corporaciones han descubierto las ventajas que conlleva incorporar malhablados en sus propias estructuras haciéndolos concejales, portavoces o incluso alcaldes, de modo que puedan soltarlos a pacer cuando les plazca y sin cargo al presupuesto.
La facilidad que hoy existe para la difusión masiva e instantánea de la primera genialidad que se te cruce por la corteza cerebral, el buenismo de algunos jueces y una hábil manipulación de lo que protege o deja de proteger la libertad de expresión, permite el ejercicio del terrorismo intelectual sin que lo parezca, e incluso presumir de demócratas. Si después vamos a la cola del informe PISA no será por casualidad. Se ponen todos los medios para lograr esa meta y cualquier otra excelencia que se nos ocurra.





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