El niño con el pijama de rayas
9 de Diciembre , 2021
¡Bah! ¡Solo es uno!
El niño de Canet de Mar, ese cuya familia abandera allí la estrafalaria solicitud de que se cumpla la ley, me recuerda al del pijama de rayas. Ahí lo dejo, que diría mi amigo Graciano Palomo.
¿Qué es eso de cumplir la ley en Cataluña? ¡Total, por un niño solo…!, razonan las lumbreras cucurbitáceas que ahora brotan en aquellas tierras, donde antes había sabios y personas muy prestigiosas.
¿Qué es eso de enseñar castellano en una tierra donde no solo es oficial, sino el más hablado y donde radica el suelo industrial que acoge la edición del 23 por ciento de todos los libros españoles, incluidos los que se editan en panocho murciano? ¡Hombre, purdiós!
El niño de Canet, como aquel otro de Holanda que puso su dedo para impedir que una pequeña brecha en los diques de contención se hiciese mayor y el mar acabase por arrasar sus países bajos, es capaz de lo mismo, pero al revés.
Su caso, valiente y temerario en un contexto donde abundan los lobos infanticidas, puede abrir la brecha para que otros muchos padres exijan sus derechos de lengua, especialmente si comprueban que al de Canet no le pasa nada.
Por eso quieren apedrearlo, hacerle bullying, meterle agujas debajo de las uñas, lo que sea, para demostrar que no sale gratis desafiar al I Reich de la República catalana, una ficción tan falsa como el Macondo de García Márquez, pero mucho más tétrica, inhumana y aburrida.
Suele decirse que es un invento de Pujol, pero en cualquier caso, conviene añadir que fue subvencionado por los señores Suárez, Calvo Sotelo, González, Aznar, Zapatero, Rajoy y de forma extraordinaria, Sánchez.
El niño del catón a rayas me inspira infinita ternura y una tristeza abisal, por él y por la cantidad de palurdos que han llegado a tener poder gracias a una ignorancia bíblica. Aquí y allí, que todo es España.











