La espía que nunca espió, 75 años después

9 de Junio , 2019

Hoy se festeja el desembarco de Normandía como el principio del fin de Hitler en el que Araceli tuvo mucho que ver

FUESE ANTES O después; fuese en el bunker de Berlín; en Argentina, Paraguay o donde le pilla la Parca, lo cierto es que el último acto de Hitler en esta tierra fue escupir sobre el nombre de Garbo, no solo por interponerse en su camino para impedir la culminación de su enloquecido sueño, sino muy especialmente, por ser el único que logra engañarlo de principio a fin, porque a sus ojos es un insignificante personaje y porque para derrotarlo le bastó con provocar el estornudo de una mariposa.

En realidad Garbo lo forman Juan Pujol García (Barcelona, 1912) y Araceli González-Carballo González Lugo, 1914). Ambos vivirán la guerra española siendo veinteañeros y en circunstancias muy dispares, pero al final de la misma unirán sus trayectorias durante seis apasionantes años de guerra europea pasados en Burgos, Madrid, Lisboa y Londres.

Lo ocurrido en ese tiempo constituye una aventura tan peculiar, extraña e inverosímil, que solo penetrando en ella hasta el fondo, se admite como cierta. Sin saber con exactitud a qué se están obligando, optan por ofrecerse a los ingleses para luchar contra Hitler antes de que los EE. UU. entren en combate. Luego, la negativa de éstos a admitirlos, su afán de aventura, la necesidad de dinero, su cabezonería, las ganas de escapar de la posguerra española, una habilidad extraordinaria para el fingimiento y la mentira, así como el miedo a que el nazismo acabe por dominar el mundo, se suman para dar como resultado una actividad que no se puede calificar de espionaje, ni de agentes de doble militancia, como ha venido haciéndose sin advertir que ni Juan ni Araceli han espiado jamás nada, tal como se entiende esa acepción, ni mucho menos han sido agentes de ambos bandos.

¿Qué fueron entonces?Los años de referencia se dividen en tres etapas muy bien diferenciadas. Por lo tanto, la respuesta que se busca también será triple, de acuerdo con el momento que se examine. En la primera solo cabe distinguir dos personajes, como tantos otros, que se buscan a sí mismos y a su destino en un ambiente dominado por el fin de la guerra española y el anuncio de una paz que tampoco es garantía de nada, pues la presencia de Hitler en Europa garantiza que serán inevitables nuevas batallas. En este primer tramo son dos españoles en expectativa de destino, poco más.

Su boda y el inicio de una vida en común es el preámbulo para la segunda etapa, la más asombrosa, pues tras ser rechazados como colaboradores del bando aliado, confían en que pueden lograrlo si hacen creer a Alemania que son fieles agentes a su servicio, aunque no conozcan ni un solo dato de interés; y lo más sorprendente, diciéndoles, sin ser descubiertos, que se encuentran en Londres, cuando en realidad viven en Lisboa. El calificativo más adecuado en esta segunda etapa es el de haber sido unos fabulosos farsantes.

Finalmente, cuando Inglaterra descubre que tienen en ellos un diamante en bruto para la desinformación, Juan se convierte en Garbo, un funcionario de los servicios de contraespionaje, La nueva situación es mucho menos romántica que la anterior, pero de consecuencias demoledoras para los nazis. En ese momento podemos decir que él es un agente oficial a sueldo y Araceli, un ama de casa tan aburrida y llena de morriña, que presiona con irse de la lengua si no la dejan volver a España.

La casualidad y la necesidad hacen que finalmente Inglaterra conozca su caso y lo aproveche para hacer posible la campaña de desinformación que facilitará el desembarco de Normandía, cuyo 75 aniversario se celebra hoy.

El sobrino de Araceli y diputado del PSOE en las Cortes constituyentes, Fernando González Vila, considera que “está clara la diferencia entre Juan Pujol y Araceli en cuanto a la iniciativa. Araceli era mucho más decidida en ese sentido que Juan; Juan era muy buena persona, un hombre extraordinario, pero no tenía esa capacidad de energía, de vitalidad, de arranque que tuvo Araceli”.

Pepito Arriola nace en Lugo como músico

6 de Junio , 2019

El descubrimiento de sus facultades tiene lugar un día de junio de 1899, hace 120 años

LOS PRIMEROS AÑOS del niño prodigio Pepito Arriola (Betanzos, 1895), el Mozart español, se cuentan a través de dos o tres versiones contradictorias, según hable su madre Josefina, su tía Aurora, o algún otro miembro de la familia.

Bien, pues estamos en condiciones de anunciar que todas ellas son falsas y que habrá que escribir de nuevo su biografía, pues ninguna habla de Lugo en esos momentos. Aunque se nos escapa el íntimo motivo de tanta mentira, es indudable que su condición de hijo del soltera habrá influido a la hora de enmarañar la historia

Una historia que ha de contemplar los siguientes pasos, casi todos ellos escamoteados hasta hoy. Siendo madre soltera, Josefina Rodríguez Carballeira da a luz un niño en Betanzos el 14 de diciembre de 1895. Al recién nacido se le imponen los nombres de José Manuel Carmen Francisco Eloy y los apellidos de la madre, Rodríguez Carballeira, por cuyas venas corre sangre de Viveiro y Xermade.

En febrero de 1896 se anuncia que el procurador Francisco Rodríguez Arriola, abuelo de Pepito, se establece con su familia en A Coruña

El 6 de octubre de 1898, Rodríguez Arriola y su hija Josefina recorren las redacciones de los periódicos de Lugo. El motivo es doble, por un lado, el ferrolano desea que conozcan a su hija porque va a ser nueva vecina de la ciudad, y por otro encarga la inserción de un anuncio que a partir del día siguiente rezará así: “Profesora de piano. Da lecciones de solfeo y piano en su casa y a domicilio a precios módicos. Plaza del Campo 5, segundo”.

El anuncio aparecerá en El Eco de Galicia, El Lucense, El Regional y La Idea Moderna desde ese mes de octubre de 1898 hasta el junio siguiente. Pepito aún no ha cumplido los tres años. Rodríguez Arriola anuncia que su familia fijará su residencia en Lugo, pero no se especifica qué miembros la componen. De hecho, el único rastro que queda en la ciudad es el de Josefina y Pepito.

“La hija mayor del señor Rodríguez Arriola _ dice El Eco _ es una notable profesora de piano al que se consagró desde muy niña, bajo la dirección de distinguidos maestros, perfeccionando y ampliando sus estudios en la escuela nacional de música, donde logró éxitos altamente lisonjeros”.

Añade que dará facilidades a las familias que no dispongan de piano, porque tampoco hay casas que los alquilen. Es de imaginar que Josefina ha traído el suyo desde A Coruña. A partir de marzo de 1899, el anuncio se redacta así: “Interesante: La profesora de piano de la plaza del Campo, n 5, establece clases generales diarias de solfeo, de seis a siete de la tarde. Compra pianos usados y métodos de solfeo y piano”.

Y el 8 de junio dice: “La profesora de piano, de la Plaza del Campo, núm. 5, 2°, además de la clase general diaria de solfeo que tiene para niñas de seis a siete de la tarde, establece otra, también diaria, para niños, de ocho a nueve de la mañana, a igual precio de 5 pesetas”. El anuncio se mantiene hasta el 18 de junio, cuando desaparece la pista de Josefina.

Solo el 8 de septiembre se puede leer en la prensa de Lugo que se anuncia “la boda de una profesora de piano que hace poco tiempo residió en esta ciudad, con un joven que viste el uniforme del ejército y bastante conocido en Lugo. Que sea enhorabuena”. Josefina se casará con Amado Osorio y Zabala, pero en 1906.

La presentación pública del niño prodigio tiene lugar ese mes de diciembre en el Salón Montano de Madrid, por lo tanto parece probable que sea cierta la información del Diario de Pontevedra, cuando señala que su madre compone una pieza para una rondalla lucense y que un día escucha asombrada cómo Pepito la repite al piano en la Praza do Campo.

Tras la presentación en Madrid, la prensa lucense apuntala que el pianista precoz fue vecino de Lugo hasta hace un par de meses. “Es hijo de la profesora de piano D. Josefina Rodríguez, que vivió en la Plaza del Campo”. Es decir, el músico Pepito Arriola nace en Lugo.

El deán que salvó el símbolo de Lugo

5 de Junio , 2019

Faltan cuatro años para los 200 de A Mosqueira, que no es construcción sino falta

SI NADIE SE opone, y tiempo habría para hacerlo, a Manuel Fernández Varela (Ferrol, 1772) le corresponde el honor de haber salvado para la historia y para la ciudad los forínsecos de la muralla en A Mosqueira, tal como los conocemos hoy, o tal como nos los presenta Neira de Mosquera en 1850, con sus doce ventanales en sus dos hermosos pisos.

No sería nada extraño que así fuese, porque Fernández Varela, ya era en ese momento el vecino de Lugo con la cabeza mejor amueblada de los contornos, dado que se habían cumplido más de treinta años desde la desaparición de Juan Francisco de Castro, el famoso Doctor Castro, y veinte desde la de Cornide, de modo que otra competencia no había.

Por aquel entonces, siendo deán y canónigo de la catedral lucense, el rey lo nombra su predicador supernumerario y lo condecora con la cruz, también supernumeraria, de la Real y distinguida orden de Carlos III. Es decir, mucho perendengue para un deán cualquiera de una provincia periférica.

Y es que don Manuel, además de un piquito de oro para predicar, y otro para el comer y el beber, tiene el conocimiento de los ilustrados que a los demás falta. Rossini paga su cocina con el Stabat Mater, Galdós lo llama ”verdadero prócer”, y Fernando VII lo nombra Comisario General de la Cruzada. Estaba predestinado para nacer en Pobra do Caramiñal, pero su madre, Agustina Varela, se mueve tanto para estar con su esposo, el oficial de la Armada Andrés Fernández, que un día se le cae el niño en la departamental y lo hace ferrolano.

Luego de darse lustre universitario en Santiago, inicia su irresistible ascenso en Sada y pasa en Lugo una larga temporada como deán y canónigo, desde tal día como hoy, 4 de junio de 1815.

Hay que imaginarse lo que sucede en 1823. El viento, la lluvia y la falta de medidas previsoras provocan que de los forínsecos se desprendan varias piedras. Algunas amenazan los cráneos de respetables damas cuando acuden a misa de mañana. Una laja alcanza a don Desiderio, tablajero con puesto abierto, y lo deja seco en la calzada. La indignación ciudadana se desborda. Ese muro no sirve para nada y además mata. Hay que chimpar todas sus ventanas, que hacen equilibrios por no caer a poco que sople un céfiro.

“Famosos muros”, solían decir en la época. Nada de muralla, que suena pomposo y señorial. Un muro se tira cuando se quiere, pero aunque todavía no ha llegado Rof Codina con sus cálculos sobre lo costoso que resulta llevarlo a Coruña, todos intuyen que esas piedras amontonadas han de quedarse in situ.

El peligro está en los forínsecos. Fuera con ellos.

Y don Manuel, sin poder creérselo. Piensen que es arquitectura muy valiosa. Nada, nada; un peligro.

En el último momento, arrollado por la masa, cede y trata de llevarse al menos la honra de la excepción. Pide entonces que se conserve una muestra de lo que eran esos muros. Pierde la guerra, pero gana una batalla y gracias a su esfuerzo hoy subsiste uno de los símbolos más característicos de la ciudad, A Mosqueira.

Nueve años después, El Correo de Madrid hace referencia al hecho y aboga por acometer las necesarias reparaciones de los desperfectos infringidos en 1823 por culpa de la impericia. Y sabedores del papel que juega en el asunto Fernández Varela, interpretamos que la impericia a la que alude El Correo no es torpeza en el manejo de los martillos, sino en el buen uso de las neuronas.

Muchos años después, no lejos de A Mosqueira, cae otra laja de un lienzo. Asusta a una mula y el carro del que tira mata al niño que viaja en él. Los antimurallistas vuelven a tronar, pero ya no hay forínsecos contra los que descargar su furia.

Ahora los argumentos se nutren de razones para una segunda y definitiva andanada. Lo que ahora hay que demoler es la muralla por entero.

El rey del ´rey de los instrumentos´ era de Bretoña

4 de Junio , 2019

Mañana comienza el IV Festival Internacional de Órgano, dentro de la XLVII Semana de Música do Corpus

MAÑANA COMIENZA EN la iglesia de San Pedro el VI Festival Internacional de Órgano do Corpus Christi de Lugo y la ocasión es pintiparada para conocer al principal responsable de que el órgano de la Epístola de la catedral, donde se celebrarán los tres próximos conciertos, se tenga por “único en el mundo”, a causa de sus tubos verticales y de otras singularidades.

Este hombre fue Manuel Fernández Fernández (Bretoña / A Pastoriza, 1866). Siendo niño ingresa como novicio en el convento franciscano de Santiago, donde muy pronto revela sus dotes para la organería, no solo en la restauración, sino en la compleja construcción.

Todas las dificultades del invento que Mozart llama “el rey de los instrumentos”, desaparecen en su presencia y ya antes de emprender estudios rigurosos cuando tiene 24 años, es capaz de acometer los arreglos de los existentes en los conventos de Herbón y San Diego de Canedo de Ponteareas. Y poco después, construye otros para este último convento, para el de Louro en Muros y para el gabinete de Física en el convento compostelano.

En 1903 inicia el de la Purísima Concepción de los Franciscanos en Lugo, uno de los veinte de tubo que existen en la provincia, y lo inaugura en septiembre de 1908, pocos días después de que salga el primer número de El Progreso, gracias a lo cual existe una crónica del acto muy por lo menudo. El periodista descubre entre los músicos de la orquesta de capilla a dos frailes, un benedictino “verdadero maestro en el arte de la harmonía” y un franciscano, “sencillo, afable: el constructor del órgano que se inauguraba”, es decir, el hermano Manuel.

Este periodista encargado de la inauguración realiza una detalladísima descripción del instrumento, hasta tal punto que debemos prescindir de ella, pues agotaríamos el espacio. Eso sí, lo hace con tal precisión de términos que solo cabe pensar en la ayuda directa del franciscano para la redacción de la crónica.

Y bien, el de la Epístola de la catedral de Lugo conoce tres versiones, una por siglo, debidas a José de Arteaga (XVIII), Manuel Sanz (XIX) y éste de Fernández, en el XX; sin olvidar la intervención que superada la mitad del siglo practica en él la empresa Organería Española S.A, entonces bajo la dirección de Ramón González de Amezúa, el musicólogo y organista directamente relacionado con el verano de Ribadeo, por ser cuñado de Rafael del Pino y que fallece en 2015.

Dicen que el primero, el de Arteaga, arrastraba defectos de construcción. Chi lo sa?

Manuel Fernández y el artesano José Sal acometen la obra entre 1920 y 1925, y llegados a este punto todas las referencias sobre el órgano lucense señalan un supuesto artículo aparecido en La Vanguardia el 1 de julio de 1966. Lo primero que hay que decir es que el tal artículo no existe, pues se trata simplemente de un despacho de la agencia Cifra que recoge la entrevista que Ángel de la Vega realiza a José Sal para El Progreso, rebotada por el diario catalán, como hacen docenas de cabeceras. De modo que a Dios lo que es de Dios, y a De la Vega, lo que de Ángel es.

En esencia, el reportaje de El Progreso dice que el órgano es único en el mundo, pues está dotado de un sistema creado especialmente para él, la transmisión neumática, que permite, por su rapidez, interpretar música escrita para piano. “Consta de cuarenta y cinco registros de cuatro pedales. La madera que utilizó fue cuidada con sangre animal y las lengüetas, que son de tripa de vaca y cabrito, tratadas con clara de huevo. Las colas las hicieron con técnicas especiales para dar mayor flexibilidad a los cueros y gamuzas, las cuales son de las especies más finas”.

Santiago Cepeda, Jesús Pereiro y Delfín Fernández Taboada son discípulos del hermano Manuel, fallecido en Santiago (17-XI-1948).

Cuatro libros y pico sobre la maharaní malagueña

3 de Junio , 2019

Elisa Vázquez Gey es elegida para unirse a Anita Delgado de por vida

HACE COSA DE treinta años, Elisa Vázquez de Gey (Lugo, 1955), andaba en labores de promoción libresca con Queimar as meigas – Galicia, 50 años de Poesía de Mujer, una antología en la que aparecen muchas autoras de Lugo, que siempre fue tierra pródiga en lirismos.

En uno de los actos se le acerca una mujer mayor, de gran elegancia, guapa y llamativa, que le piropea la obra. Se descubre como Victoria Ana María Winans Delgado, un nombre que nada dice a Elisa. Le quiere hacer una proposición de ésas que te cambian la vida y se explica.

Es hija de Victoria Delgado Briones y sobrina por tanto de Anita Delgado, la bailarina malagueña de la que Jagatjit Singh Sahib Bahadur, maharajá de Kapurthala, se enamora perdidamente hasta hacerla su esposa, Valle-Inclán mediante, pues el gallego tiene mucho que ver en la redacción de las cartas que se cruzan antes del sí definitivo (1906).

Y bien, ¿qué pinta Elisa en esa ensalada de amoríos de alta alcurnia que se remonta 80 años atrás (1986)? Sencillo. Victoria tiene en su poder documentación de primera mano y quiere que alguien con oficio de pluma contrastado escriba la primera biografía autorizada de la maharaní. Después de conocer Queimar as meigas, esa persona ha de ser Elisa Vázquez de Gey. Ni de Málaga, ni de Kapurthala, sino de Lugo.

La muerte cuatro años antes de Ajit Sigh, el hijo de Anita, le anima a dar el paso, antes de que todo se pierda, o de que ella no vea el libro. Elisa se lo piensa, pero poco. Aquello es irrechazable, especialmente después de visitar a Victoria en su casa y comprobar in situ la calidad de la documentación que va a poder manejar, la mayoría inédita y manuscrita, el diario, su libro y cartas familiares, además de recortes de prensa y material de diversa especie. Se hace obligatoria una visita a Kapurthala, pero el personaje está allí en su parte magra.

El resultado se llamó Anita Delgado, maharaní de Kapurthala, que es el retrato fiel de la malagueña; El sueño de la maharaní, que es la novela donde Elisa da rienda suelta a su imaginación para cubrir las lagunas que la precisión biográfica le impide plasmar en el primer libro; La princesa de Kapurthala, una biografía ampliada e Impresiones de mis viajes por las Indias, de la princesa Prem Kaur de Kapurthala (Anita Delgado), en una edición que prepara Elisa.

Sin embargo, antes de abandonar por completo el hilo argumental de la familia Delgado, como lucenses y como amigos, nos gustaría que a Elisa se despojase de la túnica de biógrafa oficial y nos contase, más novelado que documentado, el gran episodio prohibido en la vida de las dos hermanas, que la propia Anita enuncia en sus memorias: “Mientras tanto mi hermana Victoria se había casado con Jorge Winans. Pero el americano fue un mal marido. Era mujeriego, libertino y aficionado a las drogas. En el verano del 1917 la abandonó por una mujer de poca condición con la que se estaba entendiendo en su propia casa”.

En efecto, el padre de su confidente fue juzgado por rapto en circunstancias que la prensa de la época define como “novelescas”. Vamos, que piden libro. Antes de casarse con Victoria, ésta exige a Winans que abjure de su religión y que se haga español. El hombre accede y se convierte en Tomás Jorge Winans, bautizándose en la iglesia malagueña del Sagrario.

Una vez casados, se van a vivir con sus suegros y con una niña llamada Carmen García, hija de una prima de la familia y de padre desconocido. Carmen crece y Tomás Jorge huye con ella cuando cumple los 16. Son localizados en Madrid y luego en Córdoba, donde son detenidos. Un abogado les recomienda buscar un padre para Carmen, de forma que con mejor derecho que los tíos de la chiquilla, le otorgue su perdón por la escapada y santaspascuas.

Winans tropieza entonces con Cayetano Muriel, cantaor flamenco al que llaman El Niño de Cabra, que accede a ser padre de Carmen, acabando todos en la cárcel. No me digan que no hay para el quinto libro.

López de Neira, de lazarillo al resplandor

3 de Junio , 2019

Se cumple el centenario de su muerte y los 140 años de su pionera iluminación en la calle del Príncipe viguesa

LAS PASADAS NAVIDADES, cuando Vigo brillaba más que la estrella de Oriente, al alcalde Caballero se olvidó mencionar que estaba a punto de cumplirse el siglo del fallecimiento de un antecesor suyo que había traído la electricidad a la calle del Príncipe. Debió hacerlo, porque sin él sería imposible que su ciudad presumiese de tanta luminaria.

Ese hombre fue Antonio López de Neira (Sober, 1827), un tipo que siempre tuvo las ideas tan claras como los chorros del oro, desde que sale del lugar de Naz, en la parroquia de San Miguel de Rosende, hasta que le deja a Caballero la herencia de la luz para que llene Vigo de admirados visitantes.

Se cuenta de sus inicios que ejerce de lazarillo de un ciego, que es oficio maravilloso y augurio certero de que su sino en esta tierra ha de ser cumplir los deseos de Goethe en sus postrimerías: ¡Luz, más luz!

De guiar a un ciego salta a ser tendero. Y de ahí, a comerciante, a chocolatero, a fabricar papel, a los trasatlánticos, a la banca o al abastecimiento de agua. Su ascenso es imparable, pues algo hay en él que lo distingue del resto de los ciudadanos, como si llevase delante de sus pasos un farol para ver todo antes que los demás.

Algo de eso hay, pues llama la atención con juicios o explicaciones que su círculo tarda en comprender y mientras dura su asombro, exclaman: ¡Cosas de don Antonio! Que es como decir: No te lo voy a explicar, porque ni yo lo entiendo.

Don Antonio no se limita a cuidar de sus negocios, sino que pronto interviene en la administración de los bienes públicos, como era habitual entre los hombres con iniciativa de aquella época. Así lo vemos en la Cámara de la Propiedad y la Junta de Obras del Puerto. Es diputado provincial, teniente de alcalde, alcalde, y presidente de la Diputación, todo ello en feliz armonía con la política de José Elduayen, de quien es amigo, colaborador y representante.

A la par, dicen que es generoso y que su casa se llena por Pascua de gente en romería para pedirle el bollo. Bravo por don Antonio. Tuvo suerte de no vivir hoy, porque le afearían el crecimiento y la generosidad. Nada como vivir de la gorra y ser mísero hasta el pecado.

Pronto llegan a sus oídos las aplicaciones prácticas que se consiguen mediante la electricidad, una energía que se vislumbra de importancia capital para el futuro de las sociedades desarrolladas y él quiere que Vigo lo sea por encima de cualquier otra consideración, de modo que ya en 1880 _ tan solo 140 años nos separan de ese momento _, organiza lo necesario para presentársela a sus convecinos en su forma más espectacular, la de la luz, como bien sabe don Abel.

Faltan seis años para que la ciudad de la oliva disponga de alumbrado público en toda la extensión de la palabras, pero López de Neira se hace en París una primitiva dinamo, evolucionada del sistema Drummond, y se la trae a la calle del Príncipe.

La crónica periodística de lo que allí ocurre es tan trascendente que merece la pena conservar su literalidad:

“El miércoles por la noche se probó en casa del señor López de Neira la luz eléctrica que para mayor lucimiento de las próximas fiestas del Santísimo había encargado a París dicho señor. La proverbial naturalidad y amable deferencia del señor Neira fue causa para que muchos de sus amigos se personasen en la rica morada y deliciosa huerta a presenciar los efectos luminosos del aparato, el cual funcionó bien, llevando la luz a larga distancia, y que al reflejarse en las galerías y casas del Placer de afuera, produjo agradable impresión entre las personas que inesperadamente se vieron inundadas por una claridad tan intensa como la del sol, aunque de melancólico reflejo como la luz de la luna. Una de las cosas que más nos ha llamado la atención en aquellos momentos fue el asombro que la luz produjo sobre los insectos que se albergaban entre el ramaje de los árboles, que vistos desde lejos parecían pintados con un verde ultramar, más bien que obras de la naturaleza”.

Jornada luminosa la de este caballero de Naz.

De dónde saca pá tanto como destaca Azagra

3 de Junio , 2019

La muy desconocida historia que narra cómo La chica del 17 es tan lucense como madrileña

SI LES DICEN que el autor del madrileñísimo cuplé La chica del 17, ésa de la no se sabe de dónde saca pá tanto como destaca, nació en Lugo, seguramente pensarán que su informante ha sufrido un ataque agudo de lucensismo galopante, como el de algunos catalanes que hacen nacer allí a María la Portuguesa, si en ello encuentran algún rédito nacionalista.

No lo hay en esta historia. El autor musical del cuplé de marras nace en Lugo y punto.

La historia comienza en 1899, cuando en el número 10 de la lucense calle Palacio se instala el oftalmólogo Edmundo Ruiz de Azagra Lanaja, de noble origen turolense y alumno en París del doctor Collins, no el que subió a la Luna, sino otro.

Está casado y ya es padre de un hijo homónimo. A los pocos días de su estancia en Lugo, su mujer le anuncia que espera otra criatura. Son años en los que la ciencia médica de Lugo está en manos de García Neira, Castro Valiña, Serafín Sal, José Almoina o Pedro Gasalla. Este último construye en la Ronda de Santiago 4 la mansión Villa Ángela, conocida también como de Ponte de Neira, la casa gemela a Villa Emma, que levanta Hipólito Pillado.

En breve tiempo, Ruiz de Azagra se traslada a ese inmueble e inaugura allí el Consultorio Clínico para las Enfermedades de los Ojos y Cirugía General, dirigido por él. Ofrece “espaciosas salas clínicas, gabinetes distinguidos, y huerta-jardín para el paseo de los convalecientes”.

Pronto hay noticias de sus éxitos. El 27 de septiembre de 1899 libra de una doble catarata a Isabel Díaz, vecina de Ferreira de Abaixo, parroquia de San Xulián de Freixo, en A Fonsagrada. Y a Juan Lage, de San Xoán de Fonfría (Pedrafita), de una catarata completa, entre otras operaciones conocidas.

Entonces nace José Ruiz de Azagra Sanz (Lugo, 1900), al tiempo se apaga la actividad de su padre en Lugo. Algo pasa para que los años sucesivos sean para la familia de un peregrinar constante por España. Gijón, Málaga, Córdoba, Ciudad Real, Toledo y Madrid, donde se anuncia su presencia, no como oftalmólogo, sino como director de una revista, El Heraldo de las Bellas Artes, de ignota memoria.

Pero el declive del padre coincide, en dirección opuesta, con el surgimiento del hijo, pues ya en 1919, hace cien años, cuando José tiene eso, 19, lo vemos como segundo maestro en las compañías de los teatros Martín y La Latina, prueba de que Euterpe se acomoda muy bien en la cabeza del lucense.

El 1 de junio de 1900, el año de su nacimiento _ otra efeméride de hoy _, las Siervas de Jesús han trasladado su domicilio desde la calle de Manuel Becerra, a la casa que fue clínica de Ruiz de Azagra. La compra-venta del inmueble se retrasa hasta 1914.

Se inicia entonces la portentosa carrera de José como director y compositor, cuya firma va a estar presente en centenares de estrenos teatrales en la década de los veinte y en cincuenta y dos películas, a partir de los treinta.

Solo la mera relación de los títulos es mareante y es preferible que el lector curioso los descubra donde hoy están. Por razones de popularidad, quizá sea La chica del 17 la pieza que mejor abandera todo un trabajo en pos de guiones y argumentos de variada especie, que van desde La hermana Alegría a Morena Clara, y de Malvaloca a Cristina Guzmán.

El trabajo lo afrontan en 1929 tres amigos, Juan Durán Vila y Narciso Fernández Boixader como letristas, y Ruiz de Azagra, en la parte musical. El resultado es magnífico. Mercedes Serós, Olga Ramos, Lilian de Celis o Lina Morgan son algunas de las cupletistas que le dan aire para que el cuplé esté enseguida en miles de gargantas.

La letra cuenta una historia basada en una muchacha que fue vecina del número 13 de la plaza del Tribulete. El 17 vino por la rima y por disimular. La chica, dicen, era la querida del dueño de un lupanar de Antón Martín llamado Satán, que por el día la cubría de regalos y por la noche sin ellos.

Ahora, por culpa de Ruiz de Azagra, la chica anda en boca de todos.

Un museo rococó en el centro de Chantada

3 de Junio , 2019

Hace un siglo Costa Figueiras publicaba su novela La sugestión de América tras regresar del continente

DE LA SAGA de los Costa chantadinos quizás el más viajado sea el patriarca, José Costa Figueiras (Pantón, 1880), a quien la prensa llama docenas de veces “atildado escritor”, y aunque ya sabemos que es por bien, por pulcro y elegante, de tanto repetir el piropo, induce a pensar que se lo dicen por otros sinónimos, como emperejilado, relamido o emperifollado, y eso, ni a un escritor como Costa, ni a ninguno en general le sienta bien. ¡Emperifollado! ¡Fíjense ustedes!

Emperifollado se pone Fernández Mato para hablar de él diciendo que “entierra el arado de sus entusiasmos en el futuro y pone en su pipa el opio de su nostalgia”. ¡Jesús, Ramón; que hay niños delante!

José es el Costa más viajado, aunque su hijo Costa-Clavell traduce a Colette, y su nieto, Costa Gómez, se cartea con Ernesto Sábato, Atlántico mediante. Él vive unos siete años en Argentina, tiempo suficiente para impregnar toda su obra del espíritu de la emigración gallega.

Este año se cumple el centenario de la publicación de su novela La sugestión de América, editada por Ramón Sopena, como Las fraguas de la fortuna, ambas con tapas muy bonitas y coloristas que animan a la compra en aquellos años con tanta portada aicónica y acromática, sin monos, o como se diga.

Creo que La sugestión… se vende bastante bien y todo el mundo repite eso, que ha atrapado el olor a América y el sentir de la emigración. Fernández Mato descubre a sus lectores de Javier Azores, su protagonista, es un trasunto del propio Costa, lo cual lo descubre cualquiera con el avance de las páginas, como se adivina en los labios de sus coetáneos que si hablan de Pepe Costa están hablando de él.

No obstante la novela preferida del autor es Los agros de Sureda, más difícil de encontrar hoy en papel, pero accesible en Galiciana. En ella realiza otro trasunto, que en este caso es geográfico, pues donde dice Sureda, como pueden ustedes suponer, debe decir Chantada.

Durante un tiempo se corre por Lugo que Pepe Costa Figueiras tiene una casa en Chantada con todas las trazas de ser un museo. Y cuando a la gente le da por exagerar, añaden “mejor que el de Lugo”. Bueno, ya se sabe que aquí siempre hubo mucho derrotista, mucho negacionista de la romaneidad de la muralla y bandas asilvestradas de snobs que no han visto más allá de la Fervedoira.

Pero sí. El caso es que al domicilio de Costa se le atribuyen cincuenta cuadros de François Boucher colgados con alcayatas de sus paredes, que no es moco de pavo, porque Boucher es uno de los pintores más sensuales y excitantes del rococó y solo su Mademoiselle Louise O’Murphy desnuda es pintura suficiente para poner intranquilo a cualquiera en la habitación donde la instalen. Que no se levante nadie. Mademoiselle no está en Chantada, sino en Munich.

Otras piezas menos perturbadoras de aquella colección/museo son La coronación de Luis Felipe de Francia, del madrileño Antonio de Brugada, un retrato del obispo de Tui, monseñor Casarrubios y Melgar; un Bernini, objetos que pertenecieron a Ana Bolena y un gabinete que figuró entre los muebles de Jeanne-Antoinette Poisson, más conocida como madame de Pompadour. Ahí queda eso.

Antonio Domínguez Olano, al que también le llegan las ondas acerca de este tesoro, se desplaza a verlas en Chantada y después firma un reportaje en La Noche, donde nos lo narra.

En determinado momento le pregunta si ya tiene un heredero literario y el patriarca dice: “Sí, señor, aunque no puedo adelantarle nada sobre lo que será. Por Pueblo, Domingo y revistas de nueva creación anda la firma de Javier Costa Clavell, que es hijo mío”.

Olano insiste: “Sinceramente, ¿ve porvenir literario en él?” Y Pepe Costa salta: “¡No me meta en aprietos!”

Habrá sido por prudencia, o por no caer en nepotismos, pero estamos seguros de que a Xavier no le gustó ni un pelo aquella reacción de su padre.

El canon español del violín es el lucense Juan Díez

30 de Mayo , 2019

Durante más de medio siglo es la máxima autoridad en este instrumento

LO PRIMERO QUE ve al nacer Juan Díez (Lugo, 1807) es un violín. Y probablemente lo último, también. No hay pruebas determinantes que lo demuestren, pero sí toda una vida que lo sugiere.

Su llegada a este mundo ocurre el 7 de enero en la modesta casa de su padre, Miguel Díez, que aquel atribulado año del séptimo Tratado de Fontainebleau ya es violín primero de la catedral de Lugo. Cualquier rapaz medianamente despejado se da cuenta al instante de que el violín es el instrumento que trae las lentejas a casa, y dado que todos los demás parecen más fatigosos y revientaespinazos que éste, optas por hacerte violinista desde muy tierna edad, así se cuele algún que otro gorgojo en la legumbre.

El proceso de Juan nos lo cuenta de forma sucinta en tres etapas su futuro compañero de cátedra en el Conservatorio, Baltasar Saldoni i Remendo: Solfeo a los ocho, violín a los diez y virtuoso a los catorce. Se ve que el muchacho frota las cuerdas con aprovechamiento, ya que pronto está a la altura de su padre, al que sustituye con 19 años, cuando muere.

Pero la catedral lucense, con ser acústica, no satisface a Juan y dos años después se va a hacer los madriles, donde aterriza con buen pie, pues tras ser cuatro años primer violín en los teatros del Príncipe y otros coliseos, oposita a la plaza de ese instrumento en la Real Capilla y la gana con la gorra. Así también la de maestro de violín y viola en el Conservatorio de música y declamación de María Cristina, en donde se mantendrá más de treinta años.

Su marido, Fernando VII, alias el Deseado y el Felón a partes iguales, no era ajeno al instrumento. Su padre, Carlos IV, le daba al arco y él mismo tuvo un encuentro con su sonido a través del músico checo Jan Ladislav Dusík, que le puso las manos en el instrumento por encargo de Napoleón, para que el chaval no se aburriese mientras lo tenía retenido en el palacio de Valençay, a donde llega hace ahora 211 años. De haber entonces PlayStation, Dusík se quedaba sin trabajo.

De modo que Juan Díez pasa a la historia como profesor del rey y como compositor de la reina y regente María Cristina, a quien dedica unas variaciones sobre Donizetti y otras piezas. Fernando VII, que es tan botarate como inculto, está más preocupado en cómo fertilizar a sus sucesivas esposas _ tarea harto compleja debido al descomunal tamaño de su miembro _, que en restregar el arco sobre el violín, aunque alguna similitud había entre lo uno y lo otro.

Al rey le afecta una macrosomía genital que a punto está de dejarlo sin descendencia siendo fértil como era. Un almohadón agujereado le permite concebir con María Cristina una hija y una reina, aunque esto último sea a costa de la ley sálica y de un conflicto sucesorio de mil pares de violones.

Otro de los alumnos famosos de Juan Díez es el compositor Tomás Bretón cuando llega a Madrid para ocuparse del violín en el Teatro de Variedades, es decir, en el mismo aterrizaje capitalino que el lucense, aunque con cuarenta años de diferencia entre uno y otro.

Se ve que Bretón cojea de violín y se matricula en el Conservatorio para que Díez le dé lustre, a tono con el trabajo recién conseguido. Una epidemia de cólera cierra los teatros madrileños y la cosa se le pone chunga, pero eso se escapa de nuestra historia.

Bretón le cuenta a Eduardo Lustonó, y éste a nosotros, que estando frente a Díez y al resto de profesores de admisión, su violín no tiene mejor ocurrencia a mitad de la ejecución que romperse en su cuerda prima, o sea, la de mi, pero él prosigue la pieza como si tal cosa, lo que provoca general pasmo y asombro.

El asombro es nuestro, pues si le sobra una cuerda, ¿para qué demonios quiere que le dé clase Juan Díez, si es él quien debería impartirla? En fin, que hay mucho alboroto en ello.

Nuestro hombre muere en 1880 sin soltar el violín de la mano. En 2020 hará de ésto 140 años.

El poeta que más versos hace en menos tiempo

30 de Mayo , 2019

Vicente Álvarez Miranda nace un 30 de mayo para asombrar al público por sus dotes de improvisador

NO SUPERA LOS 43 años de estancia en esta vida, pero a Vicente Álvarez Miranda (Ribadeo, 1815) le bastan para ser la crema y la nata de la singularidad lucense, como se podrá comprobar en estas breves pinceladas.

Eduardo Gutiérrez, que lo ha estudiado, destaca en él ciertas raspas de nacionalismo gallego, una de las muchas caras del poliédrico Miranda, nacido hace hoy 204 años.

Nos saltamos el capítulo de la parentela para avanzar rápido. Reseñamos únicamente que su querida madre, María Pilar Miranda Rodríguez Arango, está emparentada con Mariana Miranda y Olmedilla, casada a su vez con el general Manuel Latre. La inmediata rama paterna procede de Valencia, y la materna, de Vilaselán.

Estudiante de Teología en el Seminario de Mondoñedo, lo abandona para ingresar como alférez del ejército liberal. Si en aulas se muestra avanzado, en la milicia es temerario. Con veintidós años y siendo teniente, cae prisionero de los carlistas en la famosa batalla de Villar de los Navarros (1837) y junto con mil quinientos de su bando vive un durísimo calvario en Beceite (Teruel), donde muchos de ellos recurren al canibalismo para no morir de hambre, aunque si son descubiertos comiendo prisionero a la brasa, mueren fusilados.

Él contará más tarde esos padecimientos en dos cantos versificados llamados Los mártires de Beceite.

Contratiempos políticos para su valedor Latre hacen que Miranda deserte y se dedique al periodismo, donde destaca por su pulcro estilo, su humor y sus dibujos, todo lo cual debe publicar sin arriesgar la identidad, debido a su carácter de prófugo. Eso hace que sus trabajos aparezcan a veces con un leve Miranda, o sin firma.

Como los amigos están para las ocasiones, hubo uno que le aconseja presentarse a diputado en Cortes por Lugo, de forma que si consiguiese el acta, se libraría de ser perseguido. Y eso hace. De un plumazo le limpian el expediente y se convierte en padre de la patria.

En 1843 deja la política y se va a Sevilla, donde escribe una biblia de la ciudad, llamada Glorias de Sevilla… Después da clases de latín en Bilbao, es cónsul en Amberes y repite representación diplomática en Veracruz (México), donde muere.

A una vida tan agitada solo le falta una guinda circense que Miranda va a sacarse de la chistera entre Sevilla y Bilbao, cuando se dedica a ofrecer espectáculos de improvisación, al estilo de lo que hace Moncho Borrajo y otros aventajados de la métrica.

Atacado de “una congestión cerebral” que anuncia su prematura muerte, debe suspender una actuación el año 1849 en Madrid, pero hay referencias de que el 50 actúa en Barcelona y Cádiz.

Veamos en qué consiste su espectáculo. Lo llama “Academia de Improvisación” y consta de los siguientes números. Primero pronuncia un discurso métrico sobre poesía improvisada. A continuación contesta en verso a lo que se le diga. Más adelante, improvisa sobre pies endecasílabos, cuartetas, quintillas, octavas reales y sonetos sin valerse de la pluma, “no pudiendo obligarle a que repita las que improvise verbalmente, por ser cosa imposible retenerlas en la memoria”.

Hay más. Improvisación sencilla sobre consonantes forzadas y doble improvisación, que consiste en hacer dos sonetos simultáneamente a distintos objetos, sobre las mismas consonantes forzadas. Y finalmente, una improvisación sobre pies libres, con temas o asuntos dados.

Miranda advierte al público una curiosa excepción. No improvisará décimas ni otras composiciones octosílabas; “porque la experiencia le ha demostrado que suelen dar lugar a vulgaridades”.

Muchos años después de morir, Miranda sigue en la memoria colectiva como “el poeta republicano que más versos hacía en menos tiempo”.

En el tintero quedan otros cien prodigios de este pintoresco personaje, uno de cuyos dibujos sirve de fondo al adjunto cromo.