Aréjula, el misterioso ufólogo de Viveiro

3 de Julio , 2019

Su obra desconcierta a los investigadores y los divide en dos bandos, los admiradores y los detractores

EL APELLIDO ARÉJULA llega al norte de Galicia a través de varios marinos, pero el nacimiento de Francisco Aréjula López (Viveiro, 1903) tiene otra explicación, puesto que ese año es nombrado administrador de la Aduana de aquel puerto quien venía siendo el oficial vista de la de Tui, Bibiano Aréjula Martín, su padre.

Francisco Aréjula se convertirá en un auténtico personaje dentro del mundo de la ufología española, tanto por lo que hizo, como por lo que de él se dijo, sin que lo hiciese.

Su abuelo, Bibiano Aréjula y Pelegero, es un teniente de Infantería, con galones ganados en África. Hijo de éste es Aréjula Martín, que entra en el Cuerpo pericial de Aduanas el año 1892. Tras los destinos de Tui y Viveiro, en 1909 es nombrado oficial vista de la Aduana de Oviedo, donde coincide con el cofundador de la Revista de Occidente, Fernando Vela, aduanero también. De ahí pasa a ser interventor de Aduanas de Tetuán, donde se instala toda la familia hasta que en la década de los veinte, Francisco va a Barcelona para estudiar Física, aunque en realidad se hace policía autonómico de la Cataluña republicana y desde esa posición privilegiada vive todos los acontecimientos del Estat Catalá, del anarquismo y de aquella convulsa ciudad que desemboca en el cataclismo de la guerra.

Antes, en agosto de 1930, tiene que volver a Tetuán porque Bibiano, su padre, ha caído gravemente enfermo. Como no se recupera, la familia abandona África para venir a la península y morir en ella.

Como policía, Francisco se ve obligado a declarar en el caso de los famosos hermanos Badía, tan queridos hoy por el presidente Torra, pero su paso por el cuerpo va a ser recordado porque al de Lugo le gusta conferenciar y lo hace repetidas veces.

A excepción de unos artículos publicados en Argentina el año 1955, del policía vivariense Francisco Aréjula no volvemos a tener noticias hasta que en 1969 autoedita “Fundamentos de la mecánica cuántica”.

Lo hace gracias a la herencia de una tía suya, que también le va a servir para dar a la imprenta su segundo libro, “Hacia una física de los ovnis”, que llama mucho la atención.

Instalado ya en Son Rapinya, a las afueras de Palma de Mallorca, el científico autodidacta es un solitario vecino de la isla, preocupado en dar explicación científica al vuelo de los platillos volantes. El propulsionismo es un campo del que poco o nada se ha investigado hasta ese momento, teniendo en cuenta que hablamos de especulaciones. Este segundo libro es un compendio de fórmulas al que solo unos auténticos especialistas podrían calificar o no de fraude. El propio Aréjula lo advierte en su portada, pero quizás por eso y porque las formulaciones son enrevesadas, el libro cobra fama de excepcional, sin méritos científicos para ello, aunque con todo el misticismo que cada cual quiera atribuirle

Entre los escasos contactos que Aréjula mantiene con otros ufólogos figura uno, epistolar, con el mítico Antonio Ribera, que trata de conocerlo, pues le intriga la obra del hijo del aduanero de Viveiro.

Cuando lo intenta, Aréjula ya ha muerto el 14 de abril de 1978 de un enfisema pulmonar sin siquiera poder apagar la luz de su habitación, donde permanece cadáver unos días. Luego la leyenda se cierne sobre él haciéndolo víctima de manipulaciones alienígenas; pues se llega a decir que está exangüe y con algunas vísceras arrancadas, como si fuese ritualizado por extraterrestres preocupados por sus libros, que habrían sido censurados en la Tierra.

De la Vega, a golpe de hacha y motosierra

2 de Julio , 2019

Hace un año termina su escultura de Ringo Star, que el Beatle conoce en A Coruña

HACE EXACTAMENTE UN año, en Galicia estuvo a punto de producirse, como diría Leire Pajín, una conjunción planetaria de Beatles en carne y hueso y Beatles en tres dimensiones.

Uno de los factores desencadenantes de tamaña coincidencia fue el médico coruñés Chema Ríos, que amén de forofo del inmortal cuarteto de Liverpool, goza de un consolidado espíritu emprendedor.

Dicho a grandes rasgos, ocurre que Ríos había promovido una estatua de Lennon para ser instalada en A Coruña, a donde en 2018 acude su mediohermana, Julia Baird. Y aprovechando que Ringo va a actuar en la ciudad, Chema habla con su amigo, el escultor Álvaro de la Vega (Paradela, 1954), para que acometa una escultura del batería en madera de castaño, de más de 120 kilos de peso.

La apoteosis final debería ser un encuentro en los jardines de Méndez Núñez entre Julia y Ringo ante las escultura de John realizada por José Luis Ribas, y la de Ringo, realizada por Álvaro, pero el plan queda mermado, porque resulta que la hermana de Lennon y Ringo… como que no.

De todo ese bochinche quedan al menos dos piezas tangibles, como son las obras de Ribas y de Álvaro.

El de Paradela trabaja a machete y motosierra, instrumentos broncos con los que desbasta la madera que luego perfila en sus detalles con las gubias. De todas formas, su técnica es ruda y diríase que de ella no puede salir nunca una cara parecida a la de Ringo.

Algo así debió pensar el músico cuando Chema Ríos le remite unas fotografías en las que se ve a De la Vega, hacha en mano, atacando el tronco que deberá convertirse en su cabeza. O armado de motosierra para cortarle las hechuras de la americana.

Tendría que haber escuchado uno los principios en los que fundamenta su arte el de Paradela: “Se un artista non é individualista, non é verdadeiro” y entonces comprendería que tanto en su faceta de escultor, como en la de pintor, Álvaro de la Vega es como sus obras, una pieza única que se construye a machetazos y produce esos brazos alargados que parecen dispuestos a clamar eternamente, esas manos de trabajador, ásperas y auténticas, esos cuerpos destinados a estar de cualquier manera, patas arriba, arrimados, de pie… como a cada cual le corresponde en la vida.

El artista se considera tocado por la revelación de Van Gogh, pues aunque lo suelen adscribir al impresionismo, Van Gogh es lo suficientemente original para salirse del ismo y encajar con sus exigencias de autenticidad, originalidad e individualismo.

El descubrimiento del pintor ocurre en Luarca, en la etapa que vive allí con su hermana estudiando el bachillerato. “A Picasso, a Tapies, a Saura non os entendía. A arte abstracta tampouco”, confiesa con total sinceridad a su paisano Manuel Rodríguez López cuando lo entrevista para este periódico en 1981.

Después de Luarca, Álvaro de la Vega termina el bachillerto en Lugo. Le tienta hacer la carrera de Bellas Artes, como mandan sus inclinaciones vocacionales, pero desiste “porque o que fan na facultade é interpretar a arte a partir do Renacemento e, teóricamente, saes da Universidade como ensinador de artistas. Eu non quixen refrenar os propios impulsos e preferín aprender cos meus fallos, procurando satisfaccións persoais, sen canles academicistas “.

El también es beatlemaníaco desde la adolescencia e incluso se siente músico frustrado. Por eso el encargo de Ringo le sirve para unir dos de sus pasiones.

Todo Lugo en cuatro rayas

1 de Julio , 2019

Pepe Mouriz se siente ligado al Círculo das Artes desde su adolescencia y sin interrupción

A PEPE MOURIZ (Lugo, 1915) le toca escuela en Sanlúcar de Barrameda, pero fuese por lo lejos que le cae el colegio, mirado el mapa desde Lugo, o por otras razones que desconocemos, renuncia a ella.

Pudo haber alegado que es un población muy rara, pues aunque es de Cádiz, en su papeleta pone que está en Cáceres, sin duda por culpa de algún dato traspapelado.

Antes ya había ido a Barreiros, que es destino mucho más aceptable, sin mosquitos, ni esa sofoquina que quita el sentío.

La renuncia ocurre en 1942, dentro de la tanda para poblaciones mayores de 10.000 habitantes, la misma por la que Narciso Peinado debería haberse ido a Orihuela y a la que también da un portazo. ¡Con lo bien que se está en Lugo!

Uno y otro van a empaparse de lucensismo. Narciso, en el Lugo antiguo, el de las piedras y los romanos. Pepe, en el coetáneo, en sus paisanos, en la gente con la que charla en el Círculo, o con la que se cruza en la calle.

José Mouriz Rodríguez pertenece a varias directivas de la sociedad. La primera, de vicesecretario, con Puro de Cora Sabater en la presidencia, y luego en las de Ramón Varela como secretario. Suyas son las competencias más festivas, con especial dedicación al Carnaval y a sus cuchipandas a base de marisco de cortello, la muy enxebre manera de hablar del cerdo sin nombrarlo que utiliza Mouriz, hombre, por otra parte, exquisito en las formas y en el fondo.

Con especial cariño se encarga del programa, dada su condición de dibujante y caricaturista; y del baile de colores, por haber colaborado en él desde que se celebra por primera vez en 1932. Todavía tiene 16 años, pero ya es uno de los responsables de decorar el Salón Regio.

Mouriz tenía en la cabeza todas las combinaciones de los colores utilizados, quizás para no repetirlas en los siguientes, y hacía ostentación de su memoria: “En el 1932 comenzamos con blanco y rojo; en el 1933, blanco y negro; en el 34, blanco y azul; en el 35, azul y rosa…” Si aciertan a poner azul y rojo, habría quedado muy premonitorio.

Una vez le preguntan si el Círculo temió algún incidente cuando se reanudaron los bailes de disfraces tras la guerra y el hombre, haciéndose eco del sentir de Ramón Varela y del resto de directivos, contesta que en absoluto, que la sociedad era espejo en el que se miran otras sociedades populares y democráticas. En aquellos años, la respuesta suena subversiva.

Además de él y Varela Méndez, en la directiva figuran los nombres de Constantino Díaz, Cruz Lamas, García Blanco y López Barcia, aunque son muchos más los que comparten responsabilidades con este hombre con el que es imposible llevarse mal, como recuerda el año pasado Julián Parga.

Una selección de sus caricaturas, casi todas publicadas en El Progreso, componen el libro Homes de Lugo, y otras treinta forman parte hoy de los fondos del Círculo, después de que Elena Abel, esposa del albacea de Mouriz, Andrés Guerra Pita, cumpliese la voluntad de su autor, que las quería ver depositadas en el Museo y/o en el Círculo.

Mouriz era un perfeccionista de líneas firmes y limpias que dan a sus caricaturas un aire inconfundible porque con un notable ahorro de trazos alcanza un parecido muy notable y esquemático.

Aunque de hablar quedo, era un gran amante de las tertulias, y acabada la vespertina da paso a la nocturna, donde se junta con Lino Armesto, Urbano Castell, Armando Rodríguez Castro, Luis Pérez Barja, Pepito Gayoso, Daniel Varela Piñeiro, Celso Buide, Mauro Varela Fernández y Sánchez Carro, entre otros.

Insua Santos, precursor del aire libre

1 de Julio , 2019

Mañana hace 85 años que en Barallobre se inaugura un monumento en su memoria y en la del Camiñante Descoñecido

EN VIDA DICEN de él que es el precursor del camping, sin que supiesen con exactitud a qué se refieren. Tras su muerte se repite que Manuel Insua Santos (Viveiro, 1850), fue un precursor del ecologismo. Y siempre aparece un conferenciante que lo cita como precursor del excursionismo, del trekking, del tren, del árbol, o de echarse al monte, sin escopeta, claro.

Puestas así las cosas, no nos equivocaremos al decir que Insua Santos es en esencia un precursor. ¿De qué? Probablemente de todo. Tras la guerra de Cuba y ya con grado de teniente coronel, se convierte en amante de la modernidad, del campo y de Galicia.

Recordemos cuanto antes que funda y preside una asociación llamada con toda llaneza Los Amigos del Campo. ¿Qué quiere decir? ¿Que les gusta la hierba? Pues mire usted, también eso. A los Amigos del Campo les gusta fundamentalmente salir de excursión, madrugar para subirse a trenes antipereza, darse buenas caminatas Galicia adelante, hacer hambre, visitar monumentos, estirar las piernas, saludar a los cronistas locales, luchar por el tren de vía estrecha entre Ferrol y Asturias; ver, conocer, visitar…

Se puede añadir lo que usted imagine, siempre y cuando sea necesario el contacto con el aire libre y la tierra bajo las suelas de los zapatos. Con él se habla también por primera vez de hacer turismo interior, que significa ser turista sin necesidad de ir muy lejos.

El invento de este excursionista que peina canas hay que datarlo en 1913 y conviene precisar que no tiene más estatutos que la salud, la fuerza y la amistad, con gotas de curiosidad por el conocimiento, buena educación y mejor humor. Quizá otras organizaciones se pierden para siempre por sus plúmbeos articulados que nadie está dispuesto a cumplir.

Insua es el precursor del Seminario de Estudos Galegos, especialmente mientras el Seminario crece a golpe de calcetín por parte de un grupo de entusiastas y nada más.

Su labor tuvo el más simpático premio en la construcción del monumento al Camiñante Descoñecido que se levanta en Santiago de Barallobre (Fene) y que se inaugura el 1 de julio de 1934, hará mañana 85 años. En su entorno se instalan tres bancos que reciben los nombres de Insua, Rof Codina y Ramón Otero Pedrayo. El discurso inaugural corresponde a este último y también parlotea su tocayo Ramón Villar Ponte.

Andando el tiempo se celebran fiestas y se presume de ser el único monumento del mundo al Camiñante Descoñecido, lo cual es mucho decir porque solo a lo largo del Camino de Santiago hay unos cuantos. Da igual. Lo que se pretende es resaltar la originalidad de Insua y de los bancos, cuyo número crece al dedicarles otros a Pondal, al psiquiatra de Barallobre Pablo Ares Feal, a Pérez Parallé, Rosalía, Bieito Cupeiro y Neira Vilas, mientras la mesa rinde recuerdo a Castelao y a Curros. A un lado hay una pequeña biblioteca llamada la del Viator Ignotus, cuya traducción sobra.

En este punto acostumbran a descansar cuando la excursión atraviesa las tierras de Fene, aunque ahora lo han trasladado a la carretera de Mugardos. Por cierto, tiempo después se dan cuenta de que en realidad el monumento es un homenaje al emigrante, que es el gran andarín desconocido.

Otra de las intervenciones precursoras de Insua tiene que ver con el original Proyecto acerca de la navegación aérea (1920) de su amigo y paisano Tomás Mariño Pardo, que él rescata, publica, prologa, guarda y homenajea, maravillado de que un maestro de Xove discurra en paralelo con las potencias europeas en asuntos aeronáuticos.

Lega toda su fortuna al hospital de Santa María

1 de Julio , 2019

El 29 de junio de 1930 se inaugura el centro hospitalario con el que soñaba Ángel Fernández Gómez

UNA DE LAS fechas más anheladas por los lucenses fue la del 29 de junio de 1930, cuando se inaugura el Hospital de Santa María. Como dijo el alcalde López Pérez en su discurso, desde 1854 Lugo quería hospital, pero las gestiones se frustraban una tras otra.

Para culminar el proyecto Bellido, cuya primera piedra se coloca nueve años antes, hizo falta superar adversidades y polémicas como nunca antes se vivieron. Una de ellas, la más ruidosa, fue la voladura de un lienzo de la muralla. También fue imprescindible la colaboración de ciudadanos que “hicieron donativos de importancia”, dice el alcalde en su intervención.

López Pérez se refiere fundamentalmente a dos de ellos. A Domingo García Moldes y a Ángel Fernández Gómez (Lugo, 1839?). Con el nombre del primero se bautiza el pabellón de Cirugía, y con el del segundo, el pabellón de Niños.

Ángel es maestro y codirector con Ramón Alonso Sánchez del Colegio de Niños de la Plaza del Campo 11, y luego, en Obispo Izquierdo y en Clérigos, 1. Cuando en 1885 Ramón Lías Yepes funda la Escuela de Obreros, lo nombra director de estudios y miembro de la Directiva. Su presencia atrae a 174 obreros, una cifra con la que no contaba Lías.

Más adelante muda la enseñanza por la industria y preside La Venatoria. También es el vicepresidente de Pujol en la Cámara de Comercio, tesorero del Orfeón Gallego y vicesecretario del Círculo das Artes.

Cuando en 1930 se inaugura el hospital, el alcalde López Pérez es quien mejor lo conoce. No solo le ha dado clase en su infancia, sino que han coincidido en todos sus mandatos. Si en esos años se habla de un filántropo lucense, solo pueden ser dos personas. Claudio López, el de la rampa, o Fernández Gómez, el de la plaza. Por cierto, ambos se conocen y se aprecian, aunque también es posible que haya cierta rivalidad en sus gestos: Yo soy más filántropo que tú.

A la hora de recaudar fondos _ y en esa época las suscripciones están a la orden del día _, todos saben que se puede contar con don Ángel sin ambages. Cualquier iniciativa ciudadana la encabeza él: la tómbola de la Liga de Amigos, los juguetes a los niños, los pobres de la Juventud Antoniana, los festejos del Corpus y San Froilán, el Batallón Infantil, los homenajes a Claudio López, a Plácido Ángel Rey Lemos o a Purificación de Cora, la bandera de la Unión Lucense de La Habana, el ferrocarril de Lugo a Ribadeo, el Patronato Benéfico de Lugo… todo lo atiende.

Ahora bien, nada le agita más sus fibras solidarias que una cuestación a favor del hospital de Santa María. Si se trata de ese proyecto tan querido también por su tocayo y émulo, el alcalde López Pérez, todo le parece poco y no es necesario que le llamen a la puerta en busca de un óbolo, pues ya sabe él cómo, cuándo y con cuánto contribuir a la causa.

Pero la vida reserva guiños insospechados. Poco después del cese de sus actividades industriales, el 10 de abril de 1921 se inician las obras del hospital. Hay un banquete al que asiste don Ángel y a los pocos días la ciudad se despierta con la noticia de su fallecimiento.

Aunque él ya es un hombre de edad, se relaciona su óbito con los excesos del banquete. López Pérez informa a la Corporación sobre la muerte del profesor y anuncia que lega toda su fortuna _ una cantidad que se mantiene en secreto _, “a la magna obra del Hospital Municipal”.

Para responder a tamaña generosidad propone que se le dé su nombre a la plaza llamada de la Nova _ su domicilio lindante con su colegio _, y al pabellón infantil. Qué menos.

El Cristo más alto del mundo que no pudo ser

1 de Julio , 2019

Se cumplen los 95 años del nacimiento en Monforte de Lemos del escultor oficial de Dominicana y El Salvador

BEN-CHO-SHEY fue uno de los pocos gallegos, o el único, que se entera de la existencia de Benjamín Saúl Rodríguez Quiroga (Monforte de Lemos, 27-VI-1924) en su condición de escultor nacional de la República Dominicana.

En realidad, cuando Saúl regresa en abril de 1963 y expone en la sala de la Dirección General de Bellas Artes de Madrid, solo se fijan en él dos hombres, el crítico y periodista Santiago Arbós Balleste y Ben-Cho-Shey. Y de los dos, solo el segundo supo entonces que el artista era hijo de Monforte de Lemos.

En los años siguientes Saúl desarrolla una labor como escultor nacional en El Salvador, a semejanza de lo hecho en Dominicana.

Su historia se cuenta así. La familia de Benjamín es propietaria de un negocio de cerámica en Monforte y tiene propiedades en O Saviñao, pero al padre, Nemesio Rodríguez Martínez, alias Polaina _ también llamado Nemesio Polaina _, lo tratan unas veces de rentista y otras de aspirante al puesto de juez municipal.

Saúl hace la primera comunión en el Colegio de la Compañía a los 8 años y pronto da pruebas de su interés por la escultura, por lo que prepara su ingreso en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde coincide con los escultores Serafín de Cos y Xoán Piñeiro Nogueira, de Hío (Pontevedra).

Cuando termina, pasa al estudio del escultor murciano José Planes, que trabaja en el proyecto destinado al puente de Praga de Madrid y que se llamará en primera instancia Puente de los Héroes del Alcázar, pues sirve de camino hacia Toledo.

En 1955 consigue un contrato sorprendente. El régimen del dictador Leónidas Trujillo lo requiere para realizar allí doce esculturas. Testigos de su llegada al país lo describen como un hombre “de baja estatura y normal complexión”, que exhibe “en su duro rostro un tupido mostacho que le cubría gran parte del labio superior”.

Entre sus obras de esa época figuran la Madre Nutricia del Alma Mater, los relieves de la Secretaría de Educación, la esculturas de la Suprema Corte de Justicia y los leones del Palacio Nacional.

Su obra en Dominicana no se limita a los encargos oficiales, sino que también deja muestra de su arte en piezas de menor tamaño para particulares, que presumen de tener una obra firmada por el mismo escultor que realiza los monumentos de Ciudad Trujillo.

Al cabo de cinco años regresa a España y se instala en Valencia, donde se casa con Concha Vives. Juntos tendrán dos hijos, Saúl y Flérida, aunque en 1963, contratado por El Salvador para realizar una gran obra de la que hablaremos más adelante, deja a su familia en España.

En 1970 forma una nueva familia en América, al lado de María Esther Méndez de Anargyros, que había sido su alumna y modelo. El motivo principal de su viaje a El Salvador en 1963 es levantar un Cristo Monumental en el Volcán de Quezaltepec que sea el más grande del mundo. Para que se hagan una idea de las dimensiones del proyecto, recuerden que el gigantesco Cristo de Corcovado tiene poco más de 30 metros de altura, y el de Quezaltepec se proyecta para alzarse 110 metros, de modo que pudiera verse a gran distancia.

“Aquello no se pudo realizar _ declara poco después el propio Benjamín Saúl _. Fue Salarme quien me convenció en aquella primera fantasía de grandeza, para que me quedara y realizara la maqueta. Pero no hubo tal Cristo. No obstante, me quede a vivir en este país, desde entonces”.

Saúl, que desarrolla allí una gran actividad docente y creadora, se suicida en 1980.

El fotógrafo de las postrimerías

28 de Junio , 2019

Maximino Reboredo nace el 27 de junio de hace 143 años en Castro de Rei

GRANDE TIENE QUE ser el asombro y enorme la satisfacción del historiador Julio Reboredo Pazos cuando en 1997, tras una pared de escayola en el ático de su domicilio, posa sus ojos sobre un atadijo, o simple almacenamiento, donde se encuentran 400 placas de cristal convenientemente impresionadas, obra de su tío-abuelo Maximino Reboredo Blanco (Castro de Rei, 1876). La mayoría tienen un tamaño de 13×18 cm, y el resto, 9×13 cm.

El historiador no solo ejerce de investigador con un hallazgo valioso, sino que lo hace en el seno de su propia familia, de forma que a partir de entonces podría atestiguar con imágenes la labor pionera de su pariente, que además de fotógrafo en tiempos muy iniciales, se descubre como un retratista post mortem, es decir autor de fotografías a personas muertas, como era del gusto de las familias en el momento de algún deceso para conservar la imagen del difunto, tanto si se trataba de recién nacidos, adolescentes o ancianos.

Maximino Reboredo es hijo de Luis Reboredo Fernández, a quien todos llaman el Rey Chiquito, y de Carmen Blanco. Nace el 27 de junio de 1876 en el llamado coto de San Xoán de Silva de Ribeiras de Lea, cuando ya pertenece a Castro de Rei, pero dentro de su primer año de vida se traslada a la casa capitalina de sus padres, en la calle San Marcos, donde sucede el hallazgo y donde su padre se establece como comerciante, tras volver de Cuba con un capital considerable.

Entre los años 1891 y 1893 estudia Teología como alumno externo del Seminario de San Lourenzo, pero lo abandona, probablemente, por problemas de salud. Estudia a continuación en la Escuela de Artes y Oficios, y se supone que es allí donde entra en contacto con el catedrático Sotero Bolado Alonso, hombre picado ya por el gusanillo de la fotografía, a cuyo influjo se atribuye la dedicación de Salvador Castro Freire y del propio Maximino a la nueva técnica artística.

A ese disfrute le lleva su gusto por el dibujo y la pintura, que si bien no tiene tiempo a desarrollar, sí sabemos que le permite ser autor de los telones de la capilla del Carmen que se inauguran antes de dejar el Seminario, en 1892. Religiosidad y arte que prologan la actividad fotográfica, por la que finalmente será hoy reconocido.

En efecto, los últimos años de su corta vida truncada por la tuberculosis antes de llegar a los 25, le servirán para realizar esas 400 placas encontradas por su pariente casi un siglo después. Paisajes, obras públicas, ambientes campesinos y escenarios gallegos, desfiles, ferias, calles, y retratos de lucenses, vivos o ya fallecidos.

También se preocupa de estar con su cajón oscuro en algunos acontecimientos, como la entrada en Lugo del obispo Benito Murúa (1894), el embarque del Regimiento Luzón hacia Cuba (1896), la Exposición Regional lucense (1896) y la Peregrinación Obrera a Roma, con la que acude en 1894.

El descubrimiento efectuado por Julio Reboredo tiene tres consecuencias reseñables. La edición del libro “Maximino Reboredo. Fotografías. 1892/1899”, la exposición a la que se liga, organizada en 2003, por la Fundación Caixa Galicia, y el libro “El retrato y la muerte”, (La tradición de la fotografía post mortem en España), de la doctora en Historia del Arte, Virginia de la Cruz Lichet, donde figuran 185 instantáneas de difuntos, entre ellas, los recogidos por Maximino y por el redactor de El Progreso, José Luis Vega, a quien Virginia atribuye ser los más modernos de toda España. En este caso, el mérito radica en la modernidad, más que en la antigüedad.

La única civil en la guerra de Marruecos

27 de Junio , 2019

Hace 110 años, la lucense Concha Prieto atraviesa la península tras los pasos de marido, soldado en África

APENAS SE SABE la aventura que corre durante una semana de su vida, hace ahora 110 años, pero es tiempo suficiente para que Concepción Prieto (Lugo, 1890) pudiese protagonizar una película de amor arrebatado.

Antes de cumplir los dieciocho su familia se traslada a Vigo, donde conoce a José, un reservista del que se enamora como una descosida, es decir, mucho; y se casan.

Pero el hombre debe incorporarse a división Sotomayor, un contingente de 11.000 hombres que ha de desembarcar en Melilla el 30 de septiembre de 1909.

Cuando José recibe esa orden, Concha decide no ser una más de las miles que durante meses suspiran por la vuelta de sus maridos. Ella no. Se vestirá de soldado y sin decir nada a nadie, viajará con él a donde sea.

A su cabeza acude una imagen insoportable. José es herido en el campo de batalla y ella no está a su lado. Imposible. Entonces se corta el pelo y pone en marcha su plan. Su marido la descubre y se lo prohíbe. Discuten y finalmente accede a quedarse. Pasan sus últimas horas en Galicia juntos y armoniosos. Cuando llega el momento de la triste despedida, Concha cumple a la perfección su papel de resignada esposa que llora en la estación del tren.

Sin embargo llega a su casa, enjuga las falsas lágrimas del adiós, reúne el poco dinero que tiene y pide prestadas otras perras a sus amistades.

_ ¿Qué vas a hacer?

_ Luchar por la vida, que es lo que me corresponde _ les dice.

Horas después de que José suba al convoy militar que lo lleva a Madrid, Concha se pone en marcha para seguirlo. La primera etapa la lleva de Vigo a Astorga, vaya usted a saber de qué forma y manera. En la capital de la mantecada se queda sin dinero, pero “gracias a mil ingeniosos ardides”, avanza hasta León y llega a Madrid.

Allí está todavía José, cuya sorpresa, alegría y enfado al verla, todos en uno, son épicos. Seguramente ella pensó que viéndola allí, el ejército se apiadaría de su situación y le permitiría realizar el tramo Madrid-Málaga al lado de su queridísimo José, pero en los cálculos militares ese supuesto no existe.

Como es una especialista en disimulos, Concha cede y solo pide que le dejen dar el último abrazo a su Pepe. Deseo concedido. Sube al tren, se lo da, se hace con una manta y busca en una carrera el vagón de las mulas. Se mete entre ellas, se cubre con la manta y se queda quieta hasta que el tren parte.

En esos minutos de espera, un oficial abre la puerta del furgón, ve el bulto y le dice al soldado que le acompaña: “Vamos, que llevamos patatas.” Ha superado todas las pruebas y ese 8-IX-1909 viaja hacia Málaga a pocos metros de su marido. Para su desgracia, el tren ha de parar en varias ocasiones y en una de ellas, al comprobar el estado de los cuadrúpedos, un militar la descubre, pero el oficial del tren, ante todas las opciones que tiene, elige la más favorable a sus intereses, pues permitirá que continúe el viaje hasta la estación andaluza.

Allí vuelve a verse con José hasta que los embarcan con destino a Melilla el 14 de septiembre. El hombre trata de convencerla para que vuelva a Vigo, pero se niega y solicita, sin éxito, ir en el mismo barco.

En Melilla los soldados son recibidos por disparos que por fortuna solo hieren a dos mulos, los compañeros de viaje de Concha. Luego, ya en tierra, los gallegos levantan la moral de la tropa haciendo sonar las gaitas que llevan consigo.

El caso comienza a ser conocido por un periodista del Diario Malagueño al que se lo relata. Le dice que al llegar, un hombre quiere que lo acompañe, pero en el camino se les cruza Rosa Casola Ruíz, vecina de Lagunillas, que al verla con el personaje, le advierte de su catadura y se ofrece para acogerla.

Pasan unos días hasta que José Paradela, oficial de Correos de Málaga, facilita a Concha el viaje a bordo de Ciudad de Mahón con destino a Melilla, donde ella puede estar cerca de Pepe. Ella le comenta al periodista:

_ Mi José no estará solo. Si cae herido, yo lo cuidaré. Si lo matan, morirá en mis brazos. ¡Y ya verán los moros de lo que es capaz Concha Prieto como me maten a mi José!

Y ahí acaban las noticias sobre la mujer soldado.

Ramis, más gamberro que Zipi y Zape

26 de Junio , 2019

El dibujante de Chantada es autor, negro, continuador o versionista de lo que haga falta en el mundo del cómic

VINO HECHO PARA pintar monos. No confundir con ser un pintamonas. Desde que llega a Barcelona en 1967, Juan Carlos Ramis (Chantada, 1962) se dedica a copiar los personajes de Escobar e Ibáñez. ¿Quién le iba a decir la relación que llegará a tener con ambos?

“Yo era el típico estudiante que tenía mi pupitre lleno de dibujitos, el que cuando había una celebración o algo similar en la escuela hacía el guión o ideaba cómo sería la actuación teatral etc.” Pero mantiene una extraña relación con el cómic. Ni los lee, ni los colecciona, y en casa solo tiene los suyos que no ha destruido.

Ramis es un trabajador a destajo. Siempre lo fue y aunque se le junte la noche con el día, no habrá ningún encargo sin cumplir en el plazo prometido. Como profesional se estrena en Lecturas o El Papus, bien el 1978 o 79, es decir, cuando tiene la tierna edad de 16 o 17 años. Luego se cuela en revistas de humor erótico y crea un personaje que no parece tener contención, Dirty Pig. Es para la editorial Norma en la revista A Tope. “Ahí yo daba rienda suelta a todas las desviaciones que tenía en mi cabeza”.

En Humor a Tope hay unos Ramis muy reconocibles que tienen mucho éxito. La revista es también de Norma Editorial, donde se encuentra cuando una tarde nevada de 1986 _ como para no acordarse siendo Barcelona _, alguien lee en un periódico que en la calle Rocafort se buscan dibujantes para revistas infantiles.

Es Ediciones B y hacia allá se va Ramis con una carpeta de dibujos subidos de tono, el muy bestia. Son los que tiene a mano por su trabajo en Norma y claro, en absoluto parecidos a los que allí necesitan. Pero gusta y le encargan un personaje que encaje al lector infantil. Tiene que reciclarse. Adiós a las tetas.

Nace entonces Sporty, un chico obsesionado con el deporte. También aparecen Alfalfo Romeo, Doctor Burillo, Estrellito Castro, los Xunguis, con su amigo Cera, y secciones, y chistes… una gran producción.

Con Estrellito Castro le sale el ramalazo gallego. Es un muchacho que viaja por mundos desconocidos a modo de moderno emigrante y armado con una pistola espacial de la que puede salir cualquier cosa. Su autor reconoce influencias de Mortadelo, que se disfraza en cada momento de lo que le da la gana.

El día de San Froilán del año 2000 _ seis años después de la muerte de Josep Escobar, el creador de Petra, criada para todo, Don Óptimo o Carpanta _, se anuncia que Juan Carlos Ramis y Joaquín Cera son los autores de nuevas aventuras de los gemelos Zipi y Zape, en la línea consolidada por su creador, pero con novedades, como que los dos hermanos son entusiastas usuarios de ordenadores y febriles consumidores de videojuegos. Ediciones B, dueña de los fondos de la desaparecida Bruguera, acuerda con la familia Escobar esta resurrección. “El objetivo es contentar a los de toda la vida y enganchar a los chavales de ahora”. Doña Jaimita, la madre, se ha incorporado al mundo laboral y Don Pantuflo, el padre, ya nos les dirá que se presenten “ante su paternidad”. Cada dos meses aparecerá un nuevo álbum.

Sin embargo la idea no funciona. Ramis lo explica por dos motivos: “Los chavales jóvenes no sabían quiénes eran Zipi y Zape y los lectores mayores lo consideraron una cosa rara. A ellos les gustaba el auténtico”. De estos nuevos hermanos gemelos se publican cinco tomos de 48 páginas cada uno.

Tras esa experiencia, escribe guiones de animación, hace de negro de Ibáñez, y trabaja por las tardes en una empresa de licencias. “No tengo mucho tiempo para más”.

Parga Sanjurjo, el jurista que creía en leyendas

25 de Junio , 2019

La doncella de la cueva de Viveiro baja hoy al acantilado para peinarse hasta el año que viene

A ESTAS HORAS del 24 de junio ya habrá atusado su rubia cabellera la doncella de la cueva que vive bajo el encantamiento del rey moro y que al alba desciende al acantilado con su peine de oro para darle volumen hasta el próximo año.

Es la cueva existente entre las puntas Insua y Cabalo, al sureste de la playa de Abrela, que algunos hacen de O Vicedo, pero que siguen siendo tierras de Viveiro, precisamente hasta que acaba ese arenal, si no me fallan las coordenadas.

El personaje de hoy, José Antonio Parga Sanjurjo (Vegadeo, 1841), cronista de la provincia e hijo adoptivo de aquella ría, escribe la novela La cueva de la Doncella y la publica entre 1887 y 1889 como folletón de la revista Galicia, la de Martínez Salazar, hasta que ya en 2012, la asociación cultural Estabañón la recoge íntegra en un volumen.

Allí están todos los elementos mágico-legendarios del San Xoán: cueva, doncella, peine de oro, alba, mouro, mar y piedra. Y para que la leyenda arraigue, se inventa una nueva para decir que todo es una paparrucha creada por los piratas y así alejar a los curiosos, pues en la cueva guardan sus botines. Imposible. Nunca se ha visto un pirata tan versado en etnografía sanjuanera, ni cueva tan abierta para esconder tesoros.

Como polígrafo que es, Parga aborda géneros diversos. Se hace biógrafo para hablar de personajes de Viveiro como María Sarmiento de Rivadeneira, Trelles Noguerol, Cociña, o Nicomedes Pastor. También repasa la vida de Castro Bolaño y de Lamas Carvajal, a quien por cierto sustituye como miembro de número en la Real Academia Gallega. En ese acto (28-X-1907), habla sobre La poesía en gallego y le contesta Murguía.

Ejerce de historiador para el Boletín de la Academia y redacta otros textos más técnicos, como el Juicio crítico del informe sobre crédito agrícola que emitió la Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago, o Galicia y las industrias extractivas.

A todo ello hay que añadir los trabajos propios de su profesión de jurista. En Santiago es fiscal de la Audiencia de lo Criminal y fiscal también en Mondoñedo, Ourense, Palencia, Lugo, Madrid y Burgos, donde se jubila. De la Audiencia madrileña es fiscal honorario y de la Sociedad Económica de Santiago, socio de Mérito.

Durante los meses anteriores a la Exposición Regional de Lugo en 1896, Parga y Varela Lenzano son comisionados para estudiar cómo se organizan otras muestras similares y no meter la pata.

En 1888 es víctima de un síncope en plena Rúa Nova de Santiago, donde se desploma cuando pasea con su amigo Núñez Forcelledo. Por fortuna, tras ellos marcha el doctor Caldolas que hace traer unas medicinas de la botica más próxima _ ¿Bescansa? _, y se recupera.

La prensa critica que una persona indiscreta se haya acercado al domicilio del señor Parga para avisar del percance a su mujer, Dolores Acevedo Caballero, y ésta se presente in situ con la alarma consiguiente cuando su marido aún no se ha recuperado. En fin, otros criticarían no dar aviso.

Achacan lo ocurrido a que Parga examina las obras presentadas a los inmediatos Juegos Florales de Pontevedra, de los que es jurado, inmediatamente después de comer, sin descansar, lo que nos lleva a pensar que los candidatos no solo son muy malos, sino también dañinos.

Parga sobrevive el percance 29 años más (Viveiro, 18-X-1917). Por el contrario, en 1895 debe enterrar a su hijo José Parga Acevedo, abogado de 28 años que fallece en la ciudad del Landro, cerca de la cueva de la doncella.