Ismael de Lugo, de los motilones a Jacqueline Kennedy
16 de Abril , 2020
Fermín Asla Polo participa el 16 de abril de 1961 en el intento de invasión de Cuba de los Estados Unidos y cae prisionero
ENTRE EL 15 y el 19 de abril de 1961 se desarrolla el intento de invasión de Cuba por parte de los EE.UU. En la Playa Girón de la Bahía de Cochinos, que después cantará Silvio Rodríguez, está un religioso capuchino llamado en el mundo, Fermín Asla Polo (Lugo, 1917) y en la religión, padre Ismael de Lugo.
Fermín es el capellán jefe de los batallones y cuando en diciembre de 1962, el presidente Kennedy y su esposa Jacqueline les agradecen en Miami su participación, estará a la izquierda de la primera dama como atestigua el cromo de hoy. Jacqueline les dice en castellano: “Es un honor para mí estar entre el grupo de los hombres más bravos del mundo”.
Fermín Asla nace en la calle Segismundo Moret, la actual Castelao, y su infancia se desarrolla en el barrio de la Estación, “cuando todo era una huerta”, como dirá más adelante. Posteriomente su madre se traslada a la Plaza de España (Praza Maior). Su hermana María de los Ángeles es secretaria de la Escuela de Magisterio y Maruja, enfermera.
Siente la vocación militar y hace la guerra como miembro de la Legión. Luego, ya oficial, tiene destinos en Marruecos, Sidi Ifni y Fernando Poo, hasta que al cumplir los 30 siente la llamada de la religión, deja el Ejército e ingresa en el seminario.
“Soy un celta _ se define Fermín _. Por mis venas corre sangre vasca y castellana, pero yo soy, ante todo, un gallego de Lugo”. Trapero Pardo cuenta a los lectores su metamorfosis en un artículo titulado “De legionario a capuchino”.
Convertido en fraile, es destinado a las misiones en Colombia, donde se interna en la selva para contactar con la peligrosa tribu de los motilones, con los que convive más de dos años.
Su salud se deteriora y es enviado a Cuba para convalecer hasta que en 1956 es destinado a la parroquia de Jesús de Miramar, próxima a La Habana. De allí es expulsado por Fidel Castro y entonces se une a los expedicionarios de la invasión de la isla que prepara la CIA.
“La operación fracasa al faltar el apoyo aéreo prometido. Me retiré con un grupo de heridos, a quienes no podía en modo alguno abandonar. Permanecimos ocho días escondidos en los manglares, sin comer ni beber. Luego, nos capturaron”.
Así resume el episodio de Bahía de Cochinos el padre Ismael cuando va a recibir el homenaje de los Kennedy en el Orange Bowl, de Miami.
Una vez en poder de los castristas lo llevan a la ciudad deportiva de La Habana para ser interrogado y luego, a la Islas de los Pinos con el resto de prisioneros.
Se queja del trato recibido pues durante ocho meses están incomunicados y duermen en el suelo sin mantas. “Estábamos hacinados en calabozos, careciendo de lo más indispensable, como jabón, pasta dentífrica o papel higiénico”.
Los 214 hombres de la celda disponen de un lavabo y un retrete. La alimentación es insuficiente y poco apetecible. No sufren torturas físicas, pero sí psicológicas.
“Creían que yo era agente de Franco. Me someten a largos interrogatorios, mientras me deslumbran con luz o me ponen una pistola apuntándome a la cabeza”.
El abogado James Donavan consigue su libertad a cambio de 53 millones de dólares. Cada prisionero vale cien, cincuenta o 25 mil dólares, de acuerdo con las tres categorías en las que son divididos. Ismael cuesta seis millones de pesetas.
“La revolución ha destrozado la economía cubana _ dice _. Si el pueblo no se ha levantado todavía, es por el temor de una implacable represalia, y por el perfecto mecanismo de espionaje que le tiene atemorizado”.











