La bañera
Sábado, 18 de Diciembre, 2021
Acaso, chapuzón
La utilizan con abundancia y soltura, pero al escuchar esa palabra no puedo evitar que un espeluzno me recorra el espinazo y piense de inmediato en un tipo de tortura visto alguna vez, solo en el cine, afortunadamente.
Se trata del término inmersión y la tortura que se patentiza, la bañera.
Desde el caso del niño de Canet, la Generalidad ha redoblado su uso en medidas inmediatas, como amenazas que caen sobre la población para atemorizarla asegurándole que fuera de su férula no hay salvación:
“El profesorado contará con herramientas para garantizar la inmersión”. A los padres y niños afectados tendría que erizárseles el manto piloso solo con leer este encabezado. ¿Qué herramientas serán esas? Sugieren garrochas con las que presionar las cabezas para que no emerjan del líquido donde se realiza la inmersión, o cuchillas que recorren la superficie para no se te ocurra asomar la nariz ni para decir Buenos días, porque su filo te alcanzará inmisericorde.
Y aunque el escalofrío inicial se pasa porque ni eres niño, ni vives allí, en tu memoria permanece la idea de que una inmersión no es amable, ni voluntaria, ni democrática, ni deseable, ni digna de aparecer en el manual del buen comportamiento con tus semejantes, cuyos antecedentes inmediatos son las cartillas de urbanidad, sin ir más lejos.
Las inmersiones que conocíamos hasta ahora eran las de los submarinos en aquellas películas tan angustiosas que se hicieron después de la II GM y las que las familias costean a sus vástagos en Londres o por ahí adelante, para que se empapen de inglés sin siquiera respirar en su lengua materna. Pero son voluntarias y en el extranjero. Que te sumerjan a la fuerza y en tu tierra no dice nada bueno de su amor por la lengua, ni de su amor por los semejantes, ni de su amor por la amabilidad.











