Alejo Reigosa, creador de una bicicleta acuática
Miércoles, 11 de Agosto, 2021El mecánico lucense la presenta en toda Galicia con gran éxito pero sin ventas
ANTES DE LA llegada del siglo XX se hablaba de las bicicletas acuáticas o náuticas como si se tratase de un invento revolucionario cargado de futuro. Era casi milagroso que un hombre pudiese desplazarse sobre las aguas mediante su pedaleo. Poco se imaginaban que todo acabaría reducido a un entretenimiento playero, el patín de agua.
Alejo Reigosa (Lugo, 1867?) es un mecánico que salta a las páginas de los periódicos porque afirma haberla inventado. En realidad ya lo estaba, lo que hace Alejo es fabricar un modelo propio con la esperanza de convertirlo en un gran éxito comercial.
A Alejo lo tratan por igual como lucense de Ferrol, o como ferrolano de Lugo, pues se mueve a caballo de las dos ciudades, donde desarrolla su actividad como reparador de velocípedos. En Ferrol ejerce su oficio para la casa de Guillermo Martín, que también hace sus pinitos con bicis náuticas, además de vender las inglesas marca Naumann.
En Lugo tuvo dos ubicaciones, en Castelar, 3 y en la Ronda de La Coruña. Además de vender y alquilar bicicletas a dos pesetas la tarde, funde bronces, y se dedica a la armería, cerrajería y latonería, con torneados, estampado, grabado, niquelado y esmaltado. Maneja máquinas de coser, bombas y aparatos del gas acetileno sistema Valcarce del Barco de Valdeorras. ¡Ah!, y enseña a montar en un velódromo exclusivo.
El 6 de mayo de 1902 hace la presentación del nuevo aparato en aguas del Miño a su paso por Lugo. El barco-bicicleta, como lo bautiza Alejo, consta de dos flotadores y una plataforma que lleva adosados el asiento, los pedales y la hélice. Esos flotadores, dice Reigosa, están herméticamente cerrados y llenos de aire. Cada uno de ellos tiene un timón y un manillar de bici. Los resultados son positivos a juzgar por expertos ciclistas de la ciudad.
Dos meses después, Alejo sale en tren hacia Monforte, Ourense, Ribadavia Tui y Coruña. Su objetivo es presentar el aparato y recibir muchos encargos. En Ourense, también en aguas miñotas, le ofrece la posibilidad de probarla al oficial de Hacienda José Otero. En mitad del recorrido se le enganchan unas ramas a los pedales. Otero descabalga para arrancarlas, pero desequilibra su montura y cae al río. Alejo se desespera, el público se inquieta. El de Hacienda alcanza la orilla a nado, pero la imagen ofrecida es de falta de seguridad.
En agosto celebra su exhibición en el muelle coruñés de la Palloza y ante docenas de personas. La prensa explica que su manejo no precisa de aprendizaje y goza de la más completa seguridad, acaso para contrarrestar la publicidad negativa del chapuzón de Ourense.
Cuando regresa a Lugo, Alejo muestra su satisfacción por los resultados del periplo y anuncia que pronto volverá a la ciudad herculina y a Ferrol para presentar un tándem de las mismas características con el que atravesar la bahía. Pero la realidad es otra. No hay encargos y aquellos viajes son excelentes plataformas publicitarias, pero de nula rentabilidad.
Su socio Guillermo Martín también interviene en las exhibiciones, se supone que con el mismo modelo. Uno tiene lugar en Cabanas, frente a Pontedeume. Allí le encuentran nuevas pegas al velocípedo, pues avanza poco y cuesta mucho más esfuerzo que en tierra. Lógico, en el agua no hay cuestas que bajar.
Dos antecesores de Alejo fueron los vecinos de Viveiro, Silverio Vila y Rogelio Díaz, que construyen otra bici acuática presentada en el Landro hacia 1896.











