Sipos Magniac, breve y misterioso poeta de Viveiro
Lunes, 14 de Junio, 2021Los eruditos están divididos sobre su lugar de nacimiento hasta que llega Leal Insua
SITUEMOS A LOS caballeros de una justa literaria. A un lado Dionisio Gamallo Fierros, Manuel Castro López y el cronista de Neda, Antonio Vázquez Rey. Frente a ellos, Francisco Leal Insua, Juan Donapetry, Pérez Labarta, Enrique Chao Espina y José Antonio Parga Sanjurjo. En el medio, el lugar de nacimiento del poeta Luis Sipos Magniac (Viveiro, 1848). Los primeros se juegan el bigote por Ferrol; los segundos, por Viveiro.
Aunque sus oponentes no son mancos, conociendo a Dionisio, su afán por el dato y los éxitos logrados a lo largo de su vida, apostaríamos por él y por Ferrol, pero en este caso nos habríamos equivocado, como lo estaba Gamallo.
Este poeta de extraño nombre era oficial de la Dirección General del Tesoro y fue arrebatado de la vida a los 31 años. Con esa edad ya figura entre los líricos de peso que cita el padre Blanco. Sus versos aparecen en El Bazar y La Ilustración Española y Americana, y después, en Heraldo de Vivero. Toda la bibliografía que deja tras de sí se consume en el contencioso sobre su cuna y supone un choque de trenes entre Gamallo y Leal, que a pesar de su cercanía con El Progreso, lo escenifican en otras cabeceras, quizá para no salpicar de sangre la casa común.
Las diferencias arrancan en el momento exacto de la muerte de Sipos, el 22 de noviembre de 1879, cuando se informa que ha fallecido un ferrolano. El Diario de Lugo también, pero al día siguiente rectifica para dar al César lo que es del César y a Viveiro lo que de Viveiro es.
El Correo Gallego es tan cauto que solicita a sus lectores sus datos biográficos. ¿Hay algo más triste para un poeta? Sipos ya lo intuye cuando escribe: “¡Qué oscuro el cielo, qué enlutado el día!”
Vázquez Rey le sigue la pista a través de una factura de un sastre de Viveiro, pero no se lo vamos a detallar, porque es falsa. Gamallo lo hace nacido en 1836 y cuenta las infructuosas pesquisas que realiza, solo o en compañía de otros, como Carballo Calero y Luz Pozo Garza.
Por fin, Leal Insua se carcajea de las dificultades con las que Gamallo confiesa haber peleado sin encontrar el dato. Él sí lo tiene y se lo restriega por las narices con indisimulado orgullo. Pobrecito, qué mal lo tuvo que haber pasado Dionisio cuando lee el artículo de Leal.
Se trata del acta de nacimiento de Sipos, nada menos. Allí donde dice que nace el 3 de diciembre de 1845, nada del 1836, hijo de Pedro Sipos González, de Medina de Rioseco, y de Carlota Ignacia Magniac, natural de A Coruña.
Leal hace sangre en la herida del erudito de Ribadeo, como si se tratase de una pugna en la que él, que ya se sabe ganador, enarbola la bandera de Viveiro. Así se burla de que Gamallo se tenga como “especialista en el siglo XIX”, siendo él “especialista de nada”.
E insiste con un chiste sobre los años en que Dionisio lo da por desaparecido, del 36 al 45. ¡Y tan desaparecido! ¡Como que todavía no había nacido! Ya decimos, las lágrimas del autor de las Páginas abandonadas de Bécquer tuvieron que regar las riberas hasta desembocar en el Eo, o pingar por Porcillán, si el artículo le pilla más cerca de la torre de los Moreno.
Nuestra ventaja es que a día de hoy resulta una verdadera delicia leer primero las penurias investigadoras de Gamallo y las conjeturas de Vázquez sobre la factura del sastre, para adentrarse finalmente en el recochineo que hilvana Leal con el acta bautismal en la mano.
Otro que se ríe cuanto quiere es Borobó, testigo directo de los artículos que los dos escritores mariñanos se cruzan.











