
Una mujer que dice poseer ese título es detenida en Francia y convence al comisario de que lo tiene
QUIENES FRECUENTAN EL exclusivo Promenade des Anglais de Niza durante la primera década del siglo XX, se cruzan las más de las veces con una anciana que luce unas galas astrosas, prueba inequívoca de glorias pasadas y miserias presentes.
Se toca de sombrero a juego, con plumas en declive y perifollos ajados. Siempre el mismo y siempre con la misma ruina, como si ya no pudiese descomponerse más, aunque la apreciación es incierta, ya que de día en día, el pingajo es mayor y su volumen, menor.
El Paseo de los Ingleses abraza las famosas playas de Carras, St Hélène, Cocoon Beach, Florida, Neptuno y otras de resonancias novelescas. Forma parte de la línea marítima que une Cannes y Monte Carlo, de modo que allí nunca faltan ni millonarios o arruinados; ni turistas o viajeros que desean encontrarse con unos y con otros. Más con los primeros, claro.
La mujer también, pero no parece turista, ni viajera. Más bien, arruinada. Camina con aire elegante y despreocupado, pero cuando considera que es el momento oportuno, aborda a los transeúntes en solicitud de limosna y con el interés puesto en que pertenezcan al grupo de los millonarios.
Como quiera que la mendicidad está prohibida en el ámbito municipal de Niza, bien por denuncia, bien por actuación directa de la policía, la mujer es detenida en febrero de 1911 y llevada ante el comisario, un camino que ella recorre sin cesar en sus protestas, pues los guardias están cometiendo una arbitrariedad contra una dama.
Una vez en presencia de la autoridad, declara:
_ Soy una nobilísima dama española.
El policía indaga sobre las bases en que se sustenta la afirmación y le pregunta cuál es su título.
_ El de condesa de Lugo _ responde ella con aplomo.
Luego despliega ante el hombre un rollo de pergaminos, miniados, sellados y recargados de letras góticas y de dibujos heráldicos que lo convencen, o por lo menos, le abonan la duda.
_ Soy la excelentísima señora doña María Josefa Cajago de Mantego y Martínez.
_ ¿Y cómo es que pide limosna?
_ Porque perdí toda mi fortuna y me encuentro vieja, arruinada, enferma y sin familia.
El policía deja marchar a María Josefa, que como cada noche acude a la puerta de una iglesia cercana _ Notre-Dame de l’Assomption? _, donde se acurruca y duerme. Cuando el suceso llega a España, la prensa presume de saber que no existe tal condado, sin reparar en que haberlo haylo. O lo hubo.
No es cosa de recordar la historia de los Correa, los Bolaño y los Pallares, don Eros, don Fernando y don Otón, los Condes de Lugo que hicieron levantar sus reales a Almanzor y que cuenta con pulcro estilo de leyenda Vesteiro Torres, don Teodosio, y otros que le sigue la estela; pero sí asombra e intriga la calidad de los papeles y rollos que lleva encima doña María Josefa como para convencer al comisario galo de que realmente se trata de quien dice ser.
Una nobilísima dama como ella, por muy perdida que tenga la fortuna, por muy raídos que arrastrase sus harapos, no puede por menos que seguir siendo condesa de Lugo y pedir limosna en el más aristocrático de los paseos marítimos del mundo, el de los Ingleses de Niza, siete kilómetros de tierra reconvertidos en camino por los hijos de la Gran Bretaña que allí pasaban los cálidos inviernos antes de descubrir España, que por más sol y mayor baratura les viene más a cuento.
Ni por Cajago, ni por Mantengo, sale a la luz más perfil de doña María Josefa. Y lo lamentamos tanto como el lector, porque esta mujer prometía.