Cambio de oficio
Domingo, 5 de Enero, 2020
A la clase política: Quisiera hacerles llegar la profunda, dolorosa y frustrante desilusión que me han causado. No pretendo hacerme portavoz de nadie, pero como buen cartero fisgón que aspiro a ser, arriesgo a decir que esa sensación es compartida ahora mismo para unos cuantos ciudadanos más, pero me da igual, como si soy yo solo.
Cada uno de ustedes, miembros de la clase política, deberán otorgarse el grado de responsabilidad que les parezca en esta depresión estomacal, intestinal y mental que se ha apoderado de mi ánimo y que, de momento, no sé cómo combatir.
Por darle un nombre al agente causante me referiré a la investidura como patógeno más evidente, aunque no sé si el diagnóstico es el adecuado, si confluyen virus y bacterias de distinto pelaje, si llueve sobre mojado o si voy mayor.
Sólo sé que mi profundo e irrealizable deseo en estas vísperas de la noche mágica, cuando todos los niños tardan en dormir por la duda que les asalta al pensar que su carta se pudo haber extraviado, es que desaparezca la investidura, el Congreso, la insoportable señora que se suaviza las facciones, los infumables eufemismos con los que nos quieren meter un sapo por la boca, las réplicas y las contrarréplicas. Que desaparezca todo eso.
En el fondo, ya lo están intuyendo, el deseo les incluye a ustedes, al menos a los que han sido inyectados por el virus de la investidura y parecen ciegos toqueteando estanterías donde reposan preciosas piezas de porcelana y cristal. ¡Qué digo ciegos! ¡Chimpancés saltones!
Entiéndanme bien. No les deseo ningún mal. Simplemente un cambio de oficio. Un oficio para el que valgan y para el que estén preparados, porque el de políticos… como que no.
El arte de la convivencia, del respeto, del progreso y del saber hacer no ha llegado a sus carteras del cole. Y lo siento, claro.








