Archivo de Junio, 2019

De dónde saca pá tanto como destaca Azagra

Lunes, 3 de Junio, 2019

La muy desconocida historia que narra cómo La chica del 17 es tan lucense como madrileña

SI LES DICEN que el autor del madrileñísimo cuplé La chica del 17, ésa de la no se sabe de dónde saca pá tanto como destaca, nació en Lugo, seguramente pensarán que su informante ha sufrido un ataque agudo de lucensismo galopante, como el de algunos catalanes que hacen nacer allí a María la Portuguesa, si en ello encuentran algún rédito nacionalista.

No lo hay en esta historia. El autor musical del cuplé de marras nace en Lugo y punto.

La historia comienza en 1899, cuando en el número 10 de la lucense calle Palacio se instala el oftalmólogo Edmundo Ruiz de Azagra Lanaja, de noble origen turolense y alumno en París del doctor Collins, no el que subió a la Luna, sino otro.

Está casado y ya es padre de un hijo homónimo. A los pocos días de su estancia en Lugo, su mujer le anuncia que espera otra criatura. Son años en los que la ciencia médica de Lugo está en manos de García Neira, Castro Valiña, Serafín Sal, José Almoina o Pedro Gasalla. Este último construye en la Ronda de Santiago 4 la mansión Villa Ángela, conocida también como de Ponte de Neira, la casa gemela a Villa Emma, que levanta Hipólito Pillado.

En breve tiempo, Ruiz de Azagra se traslada a ese inmueble e inaugura allí el Consultorio Clínico para las Enfermedades de los Ojos y Cirugía General, dirigido por él. Ofrece “espaciosas salas clínicas, gabinetes distinguidos, y huerta-jardín para el paseo de los convalecientes”.

Pronto hay noticias de sus éxitos. El 27 de septiembre de 1899 libra de una doble catarata a Isabel Díaz, vecina de Ferreira de Abaixo, parroquia de San Xulián de Freixo, en A Fonsagrada. Y a Juan Lage, de San Xoán de Fonfría (Pedrafita), de una catarata completa, entre otras operaciones conocidas.

Entonces nace José Ruiz de Azagra Sanz (Lugo, 1900), al tiempo se apaga la actividad de su padre en Lugo. Algo pasa para que los años sucesivos sean para la familia de un peregrinar constante por España. Gijón, Málaga, Córdoba, Ciudad Real, Toledo y Madrid, donde se anuncia su presencia, no como oftalmólogo, sino como director de una revista, El Heraldo de las Bellas Artes, de ignota memoria.

Pero el declive del padre coincide, en dirección opuesta, con el surgimiento del hijo, pues ya en 1919, hace cien años, cuando José tiene eso, 19, lo vemos como segundo maestro en las compañías de los teatros Martín y La Latina, prueba de que Euterpe se acomoda muy bien en la cabeza del lucense.

El 1 de junio de 1900, el año de su nacimiento _ otra efeméride de hoy _, las Siervas de Jesús han trasladado su domicilio desde la calle de Manuel Becerra, a la casa que fue clínica de Ruiz de Azagra. La compra-venta del inmueble se retrasa hasta 1914.

Se inicia entonces la portentosa carrera de José como director y compositor, cuya firma va a estar presente en centenares de estrenos teatrales en la década de los veinte y en cincuenta y dos películas, a partir de los treinta.

Solo la mera relación de los títulos es mareante y es preferible que el lector curioso los descubra donde hoy están. Por razones de popularidad, quizá sea La chica del 17 la pieza que mejor abandera todo un trabajo en pos de guiones y argumentos de variada especie, que van desde La hermana Alegría a Morena Clara, y de Malvaloca a Cristina Guzmán.

El trabajo lo afrontan en 1929 tres amigos, Juan Durán Vila y Narciso Fernández Boixader como letristas, y Ruiz de Azagra, en la parte musical. El resultado es magnífico. Mercedes Serós, Olga Ramos, Lilian de Celis o Lina Morgan son algunas de las cupletistas que le dan aire para que el cuplé esté enseguida en miles de gargantas.

La letra cuenta una historia basada en una muchacha que fue vecina del número 13 de la plaza del Tribulete. El 17 vino por la rima y por disimular. La chica, dicen, era la querida del dueño de un lupanar de Antón Martín llamado Satán, que por el día la cubría de regalos y por la noche sin ellos.

Ahora, por culpa de Ruiz de Azagra, la chica anda en boca de todos.

Un museo rococó en el centro de Chantada

Lunes, 3 de Junio, 2019

Hace un siglo Costa Figueiras publicaba su novela La sugestión de América tras regresar del continente

DE LA SAGA de los Costa chantadinos quizás el más viajado sea el patriarca, José Costa Figueiras (Pantón, 1880), a quien la prensa llama docenas de veces “atildado escritor”, y aunque ya sabemos que es por bien, por pulcro y elegante, de tanto repetir el piropo, induce a pensar que se lo dicen por otros sinónimos, como emperejilado, relamido o emperifollado, y eso, ni a un escritor como Costa, ni a ninguno en general le sienta bien. ¡Emperifollado! ¡Fíjense ustedes!

Emperifollado se pone Fernández Mato para hablar de él diciendo que “entierra el arado de sus entusiasmos en el futuro y pone en su pipa el opio de su nostalgia”. ¡Jesús, Ramón; que hay niños delante!

José es el Costa más viajado, aunque su hijo Costa-Clavell traduce a Colette, y su nieto, Costa Gómez, se cartea con Ernesto Sábato, Atlántico mediante. Él vive unos siete años en Argentina, tiempo suficiente para impregnar toda su obra del espíritu de la emigración gallega.

Este año se cumple el centenario de la publicación de su novela La sugestión de América, editada por Ramón Sopena, como Las fraguas de la fortuna, ambas con tapas muy bonitas y coloristas que animan a la compra en aquellos años con tanta portada aicónica y acromática, sin monos, o como se diga.

Creo que La sugestión… se vende bastante bien y todo el mundo repite eso, que ha atrapado el olor a América y el sentir de la emigración. Fernández Mato descubre a sus lectores de Javier Azores, su protagonista, es un trasunto del propio Costa, lo cual lo descubre cualquiera con el avance de las páginas, como se adivina en los labios de sus coetáneos que si hablan de Pepe Costa están hablando de él.

No obstante la novela preferida del autor es Los agros de Sureda, más difícil de encontrar hoy en papel, pero accesible en Galiciana. En ella realiza otro trasunto, que en este caso es geográfico, pues donde dice Sureda, como pueden ustedes suponer, debe decir Chantada.

Durante un tiempo se corre por Lugo que Pepe Costa Figueiras tiene una casa en Chantada con todas las trazas de ser un museo. Y cuando a la gente le da por exagerar, añaden “mejor que el de Lugo”. Bueno, ya se sabe que aquí siempre hubo mucho derrotista, mucho negacionista de la romaneidad de la muralla y bandas asilvestradas de snobs que no han visto más allá de la Fervedoira.

Pero sí. El caso es que al domicilio de Costa se le atribuyen cincuenta cuadros de François Boucher colgados con alcayatas de sus paredes, que no es moco de pavo, porque Boucher es uno de los pintores más sensuales y excitantes del rococó y solo su Mademoiselle Louise O’Murphy desnuda es pintura suficiente para poner intranquilo a cualquiera en la habitación donde la instalen. Que no se levante nadie. Mademoiselle no está en Chantada, sino en Munich.

Otras piezas menos perturbadoras de aquella colección/museo son La coronación de Luis Felipe de Francia, del madrileño Antonio de Brugada, un retrato del obispo de Tui, monseñor Casarrubios y Melgar; un Bernini, objetos que pertenecieron a Ana Bolena y un gabinete que figuró entre los muebles de Jeanne-Antoinette Poisson, más conocida como madame de Pompadour. Ahí queda eso.

Antonio Domínguez Olano, al que también le llegan las ondas acerca de este tesoro, se desplaza a verlas en Chantada y después firma un reportaje en La Noche, donde nos lo narra.

En determinado momento le pregunta si ya tiene un heredero literario y el patriarca dice: “Sí, señor, aunque no puedo adelantarle nada sobre lo que será. Por Pueblo, Domingo y revistas de nueva creación anda la firma de Javier Costa Clavell, que es hijo mío”.

Olano insiste: “Sinceramente, ¿ve porvenir literario en él?” Y Pepe Costa salta: “¡No me meta en aprietos!”

Habrá sido por prudencia, o por no caer en nepotismos, pero estamos seguros de que a Xavier no le gustó ni un pelo aquella reacción de su padre.