Bajasmiras
Martes, 16 de Octubre, 2018
El bisabuelo y la abuela de Emilio Botín
No tuve ocasión de ver Altamira cuando se estrenó en las salas cinematográficas, quizá porque estuvo muy poco tiempo a causa de la escasa sintonía alcanzada entre la cinta y el espectador.
Aún así, el anuncio de que este domingo se pasaría en la 2 fue suficiente para estar atento, en el convencimiento de que por mala que fuera, supera en interés al 90 por ciento del cine que se programa.
La película, en efecto, no es buena y eso que cada uno de sus elementos, tomados por separado, son correctos. ¿Qué pasa entonces? Que no ligan. No han hecho una historia, sino un pastiche carente de emoción. Quizás hubo demasiado encargo.
Altamira es maniquea hasta decir basta, y para ello sitúa a un representante de la Iglesia como gran animador de la reacción en contra del descubrimiento de Marcelino Sanz de Sautuola. Menos mal que tenían en plató a la directora del museo de las cuevas, Pilar Fatás, y al paleoantrólogo de Atapuerca, Juan Luis Arsuaga, que se encargaron de decir que la Iglesia nunca había hecho causa contra las pinturas, aunque en otras ocasiones similares así pudo haber sido.
Muy al contrario, lo que no dice la película, ni dijeron los invitados, es que tras los años de silencio en los que se considera a don Marcelino un falsario y a las pinturas, un fraude, es un cura católico francés, de nombre Henri Breuil, arqueólogo y estudioso de las cuevas españolas quien determina finalmente la autenticidad de Altamira y quien rescata la honorabilidad para Sanz de Sautoula.
En la película, ese personaje aparece 40 segundos interpretado por Tristán Ulloa, pero se le niega su protagonismo, no vaya a ser que el espectador se equivoque sobre quiénes son los malos de la peli.
Algo hicieron entonces para que Altamira se lleve un tortazo tan impresionante.











