Eutanasia cultural
Miércoles, 11 de Julio, 2018
_Yo era hombre, pero lo fui dejando.
A fuerza de repetirlas con distintas entonaciones y en distintos ambientes nos acostumbran a admitir ciertos latiguillos como axiomas inamovibles.
Son descubrimientos de la filosofía moderna que tienen su origen en los Pegamoides, se acrecientan con Rodolfo Chikilicuatre y se solidifican en twitter.
Torrente y otras eminencias les han sacado mucho partido y hay partidos que tratan de sacarles eminencias, pero ante un somero análisis epidérmico se escagarrucian por la pata abajo.
Uno de los más insistentes en los últimos tiempos se formula asi: “A mí nadie me tiene que decir lo que debo hacer o dejar de hacer”, versión extendida del “a quién le importa”, por lo que casi podemos considerarlo un tratado de lo largo que es.
Bueno, pues a poco que se fijen en el calado del aforismo se darán cuenta de inmediato que resume, sintetiza y condensa el mandato: Fuera la educación de nuestras vidas. Y no digo yo que no sea una bonita manera de acabar la comedia humana con esa especie de eutanasia cultural en la que todos nos volvemos moscas.
Las dos eutanasias, la corporal y la mental, están emparentadas con el derecho a decidir, que es otra de estas nubes tóxicas que nos sobrevuelan a diario con apariencia de verdades reveladas que disimulan su verdadera esencia de chorradas manifiestas.
La publicidad también colabora lo suyo, no crean. Eso de que tengas la posibilidad de disfrutar un mundo de sensaciones si compras una ridícula sopa de sobre, o por el contrario lleves una vida arrastrada con la sopa de la competencia hace mella en cualquier cerebro despistado. Tú decides. Infierno sopero o paraíso caldoso.
Miren. En educación, filosofía y sopas procuren decidir por mí, porque no me salen nada más que tonterías.










