Devorados
Jueves, 11 de Enero, 2018
Robespierre recibe un disparo en la mandíbula
Cuando Robespierre camina hacia el cadalso para que le corten las patillas y lo que hay debajo de ellas, o sea, el gaznate, se le ocurre decir: “La Revolución es como Saturno, se come a sus propios hijos”. Eso cuenta la historia.
Dudo mucho que en semejantes circunstancias esté uno para grandes frases, o que tenga a su lado al cronista de guardia que las escuche y las transmita. Es muy dudoso, especialmente en el caso del padre del Terror, porque en ese momento tiene la mandíbula destrozada por un disparo.
Aún así, la sentencia es realmente oportuna para la ocasión y para el personaje.
Pienso en Robespierre con ocasión de la retirada de Artur Mas y desde luego que a él le encajaría decir lo mismo que el revolucionario francés: El procés se come a sus propios hijos. Los devora.
Pujol, que es como Danton, pero con más bolsas en los ojos y en los maleteros de los coches, ya está devorado e incluso ha visto cómo le derriban su estatua de Premiá de Dalt.
Forcadell se encuentra en fase de evaporación permanente revisable, recetada por su médico para evitar el exceso de transaminasas independentistas.
Mundó se corta la coleta antes de que le rebanen lo de Robespierre, y todos le han aplaudido el gesto como propio de persona muy inteligente.
A Anna Gabriel no le auguran un buen año, aunque entre los suyos es difícil saber cuándo te están dando un abrazo y cuándo tratan de espachurrarte.
Queda Puigdemont, que pretende sobrevivir al colapso gracias a la maravillosa propiedad de los cuerpos que les permite desplazarse de un país a otro y regresar a través de las ondas hertzianas, la red de redes o los insondables caminos mediúmnicos, y de ese modo estar presentes en su investidura, sin reparar que una capa de armiño sobre las ondas _ que eso es investir _, se cae por su propio peso.











