Cristino
Domingo, 21 de Enero, 2018
Nos llamaban la mafia gallega, no porque extorsionásemos a los otros colectivos, ni por usar la metralleta Thompson que identifica a sus pistoleros. Nos lo llamaban porque en cuanto abríamos la boca sabían que lo éramos. Los que ellos desconocían es que nosotros localizábamos a andaluces, vascos o madrileños con el mismo método.
La agencia Efe vivió unos años con aparente predominio de la mafia gallega y uno de los factores que influyó fue la presidencia de Alejandro Armesto Buz, pero no el único.
En Ayala 5 tenía un misterioso despacho semivacío Raimundo García Domínguez, o sea, Borobó, donde me refugiaba a echar un pitillo, no porque no pudiese hacerlo en la redacción, sino porque fumar al lado de Borobó era un método sencillo de aprender cosas sobre Galicia.
En eso llega Cristino Álvarez y la mafia crece en calidad y cantidad. Manolo Silva, Carolina Guerra, Carlos González Reigosa, Manuel Molares, Rivas Troitiño y Nemesio Rodríguez, sin contar los de la delegación de Santiago, los que andaban por el mundo, o los esporádicos, como Daniel Sueiro, que ahora vendía crímenes bajo seudónimo, y Blanco Tobío que se dejaba caer semanalmente.
El primer trabajo que hicimos juntos Cristino y yo fue matar a Franco, otro gallego. Bien entendido que Franco se murió solo sin nuestra ayuda. Matar a Franco era la frase en clave para hablar de los interminables turnos de guardia, primero en El Pardo y luego en La Paz, hasta que el hombre periclita.
Después a él lo hacen cronista en Cortes y a mí me meten en Laboral. Él vive la transición en las bancadas parlamentarias, y yo, escuchando a Marcelino Camacho y a Nicolás Redondo. Siempre le tuve envidia. Los míos eran mucho más aburridos que los suyos. Un fraternal abrazo a él y a Maribel.











