Otro Valle
Jueves, 11 de Mayo, 2017
La tumba quedó desatada
Como paradoja da para una novela. ¿Dónde enterramos a Franco? No pretendo dar ideas porque a lo mejor me la pido. No, es broma. El argumento encaja con las que escribía Fernando Vizcaíno Casas, como “1975, el año en que Franco murió en la cama”, “…Y al tercer año resucitó” y otras por el estilo.
De don Fernando Vizcaíno recibo un día una carta en la que me amenaza con echarme de la empresa donde trabajaba _ él era abogado laboralista _, porque llegaba reiteradamente tarde. Y tanto, siempre que eso ocurría fichaba con media jornada hecha. Las primeras citas informativas en Madrid podían ser a las ocho o nueve de la mañana. Menos mal que el redactor jefe le explicó a don Fernando la naturaleza de mi horario.
En fin, la columna iba de Franco. Cuarenta y dos años después de muerto y aún andamos a vueltas con su tumba. Di tú que Joaquín Costa le quiso poner doble llave al sepulcro del Cid y ya habían pasados ocho siglos.
El entretenimiento parece inagotable, porque aun cuando se saque del Valle de los Caídos, nos queda por resolver a dónde va y que ese sitio guste a todos, objetivo tan imposible como que se acepte su actual reposo.
Una cosa es clara y meridiana. Si el Valle de los Caídos se construye para acoger a los caídos de los dos bandos, a Franco no le corresponde estar allí, porque como bien dice Vizcaíno Casas, murió en la cama, o en la camilla, casi cuarenta años después de cuando los españoles comenzaron a caer en el frente, aunque ya lo venían haciendo en las calles y las cunetas desde mucho tiempo antes, con balas de todos los colores e idéntica perversión criminal.
Ojalá la doble llave al sepulcro de Franco nos sirviese para restañar definitivamente heridas. Incluso podríamos construirle el Valle del Equipo Médico Habitual y alojarlo en él.











