Batallas modernas
Sábado, 18 de Junio, 2016
El asesino de Cox en traje de campaña
Cierto es que venimos de una tradición sangrienta donde las guerras no eran excepciones entre períodos de paz, sino expresiones continuadas en la manera de relacionarse. La mera generalización de la palabra paz fue todo un avance porque el hombre se dio cuenta de que sin una espada en la mano, la podía ocupar con una pluma, un arado o un cincel.
Hoy seguimos teniendo guerras y padeciéndolas, pero allí donde no existen campos de batalla, urbanos o al clásico modo, hemos desarrollado numerosos grupos de personas que ejercen la violencia por los más variados motivos, al margen de la delincuencia tradicional, que te imaginas nada más nacer.
Son, por ejemplo, los pandilleros del fútbol; hordas de rapaces y talludos hombretones que se desplazan cruzando montes y estepas en busca de la ocasión propicia para partir la crisma a otros que, o bien piensan como ellos, o simplemente pasan por allí para ver un partido. Suelen cantar la canción Antes muerto que ilustrado.
Tenemos también la variedad del matón concienciado, un personaje que dice actuar al dictado de nobles sentimientos, pero que en realidad es más bruto que una broca de avellanar y lo que le gusta es montar grescas y quebrar huesos como los anteriores. Cada día conocemos nuevas variedades de este fenómeno que suele encontrar la solidaridad de gente afín si los estacazos van dirigidos contra cráneos rivales, aunque protestan vivamente, si son los propios.
Divulgan sus fazañas con fotos de las víctimas sobre dianas de tiro, cestas con cabezas rebanadas al lado de la guillotina, horcas y hogueras, todo muy tétrico y amenazante.
De los lobos solitarios, enfadados con el mundo, jardineros misóginos, fundamentalistas a tiempo parcial, pincharruedas, rompecristales y atascaburras hablaremos otro día.











