Encuestas al horno
Miércoles, 10 de Diciembre, 2014
Diga lo que le parezca, que después ya lo arreglamos nosotros
Ya solo faltan Albert Rivera, Rosa Díaz y Garzón para que todos los líderes nacionales puedan presumir de una encuesta que los convierta en caballos favoritos del hipódromo de la Moncloa. Probablemente sea porque los queremos ver a todos dando el callo, o porque no queremos a ninguno. Lo que no ofrece dudas es que ellos sí ansían llegar algún día a ese lugar de ensueños y torturas.
Este tipo de encuestas sobre futuribles permite los múltiples resultados porque en sí mismas plantean un imposible, cual es pedirle al ciudadano que piense que no es hoy, que se traslade diez o doce meses más adelante y una vez allí, vea lo que hay alrededor y vote. Ya es difícil reflexionar con cordura cuando llega el momento, cuánto más después de un viaje a través de la máquina del tiempo, con lo que marean esos aparatos.
No sé a ustedes, pero a mí jamás me ha tocado estar delante de un sociometrista respondiendo un cuestionario al uso. Lo imagino y me entra la risa floja. ¿Pero si no se conocen ni los cabeza de lista? Es igual, usted imagine que sí se saben. Ni los programas. Da lo mismo, imagine. Ni cómo estará la prima de riesgo, la balanza de pagos, o la bolsa petrolífera de Canarias… Imagine, imagine.
Así que imaginas y votas, más que nada para que no despidan al sociometrista, que no es cosa de ahondar en el paro.
Una vez obtenidos los resultados de campo, los pasan a la cocina, que es como la de MasterChef, pero sin tomates cherry. Allí los cogen de su mano los que más saben de demoscopia y comienza el proceso de aderezo. Se les añade una pizca de recuerdo de voto, se ponen los indecisos a punto de nieve, se pelan las alcachofas y se sirve al gusto del cliente.
No son trampas. Es cómo se hace en todas partes. Lo que pasa es que a cada cliente le gusta la encuesta con más o menos picante.











