El huso y el disfrute
Martes, 1 de Octubre, 2013
La exposición permanente de la santísima tapa
Gentes muy extranjeras y algunas del solar patrio quieren que mudemos de huso horario porque utilizamos el fascista, el que Hitler impuso en Francia y al que España se adhiere por simpatía. No lo critican por fascista, sino porque dicen que no favorece la productividad, que nos convierte en personas siempre cansadas y porque así, con este horario, no saldremos de pobres ni cuando haya que apagar la luz.
Es posible, pero si ponen una mesa para recoger firmas a favor del huso actual, que cuenten con la mía. No hay una razón ergonómica para defenderlo, sino sentimental. Es el huso de toda la vida. El que nos ha acostumbrado a retrasar la llegada de la noche y a disfrutar de la luz cuando en otras partes ya solo es tiempo de leer a Ibsen, con lo duro y plúmbeo que es ese hombre.
Dicen también que nos echamos unas siestas de sangre y bacinilla, pero es inevitable porque hay tiempos y lugares donde no se puede hacer otra cosa. Es como la noche polar, pero al revés.
Asimismo nos critican los conventuales desayunos de toma bollo y moja, el santísimo pitillito, la santa caña, el vermuth sagrado, los benditos almuerzos de sobremesa, el místico café, el copón y el puro de incienso; el advenimiento del chocolatito, las pastas incorruptas, las tapas milagrosas, los vinos consagrados, las tazas del Santo Grial, la última cena, las preciosísimas copas de las altas horas y la madre del cordero. Pues ya ven, en ese terreno sí que se podría meter algo de mano. Por ejemplo, saltarse las pastas.
Otros detalles que les llaman la atención de nuestro inveterado proceder es que las reuniones empiecen tarde y que los actos públicos se atrasen “diez minutos de cortesía”, que en realidad son de agravio para los que llegan puntuales.
Hagan lo que quieran, pero déjennos el huso.


