No es eso, no es eso
Viernes, 20 de Abril, 2012
Las prohibiciones las carga el diablo
Un bar de Sevilla prohibe la entrada a argentinos. No se pedirá el pasaporte, pero si el dueño escucha que el cliente utiliza el adjetivo boludo en una de sus frases, lo toma por las solapas y lo pone de patitas en la calle. Si después se demuestra que es uruguayo, o que vivió tres años en Buenos Aires, se le pide perdón, se le dice que no volverá a suceder, y se le invita a una ración de rabas fritas con limón.
Pero no esperen solidaridad con el tabernero hispalense. Podemos entender su rabia, pero no la terapia que utiliza para combatirla. Ésa es exclusiva de los ganapanes que hablan de yankees, de españoles o de subsaharianos como colectivos de ignorantes que no merecen ni que se les mire a los ojos.
No, los argentinos no deben sufrir a Cristina más allá de la parte alícuota que les corresponde por no dotarse de un dirigente más presentable. Nos pasa a todos dependiendo de las épocas, pero no por ello van a prohibirnos la entrada en los cafés de Viena, o en el festival de la ópera de Bayreuth; por citar dos lugares donde sería muy doloroso no poder entrar debido al simple hecho de que la presidenta de tu país comparte la misma altura ética que Barbarroja, Francis Drake y Benito Soto, conocidos y apreciados caballeros del ambiente corsario y de la piratería.
Piense el señor de Sevilla que si su acción fuese digna de ser imitada, el día de mañana podría verse él mismo en más de un apuro, al comprobar que alguien quería hacerle pagar el escándalo de los ERE por su condición de sevillano: “Prohibida la entrada a los que hayan nacido a cien kilómetros a la redonda de Mercasevilla”.
¿A que no sería de recibo? Pues, hala; rompa el cartel que puso en la cristalera e invite hoy a unas cañas a los nacidos allende el océano. Eso sí, previo uso correcto del adjetivo boluda. Sin señalar.







