Mi querido dictador
Sábado, 10 de Septiembre, 2011
Mas y dos adláteres celebran con cava la inmersión
Los datos de una encuesta corroboran una certeza que nunca estuvo en duda, cual es que la inmensa mayoría de los catalanes _ dice la encuesta que hasta un 81 por ciento _, desean que sus hijos sean educados en castellano y catalán, y que el gobierno se meta la inmersión lingüística por la laringe.
Jamás se pudo pensar otra cosa porque lo contrario sería reconocer que los catalanes, uno de los colectivos españoles con mayor grado de conocimiento, se habían vuelto majaras de la noche a la mañana. No, lo que pasa es que a buena parte de nuestra clase política les ha picado el bicho del totalitarismo tsé-tsé, ése que vive enquistado en las ciénagas parlamentarias y en el dobladillo de las democracias.
Llegado al poder, el político afectado por el bicho pronuncia una terrible frase y se pone a trabajar. La frase en cuestión, salvando diferencias dialectales y morfológicas entre los pueblos y tierras de España, viene a ser algo así como lo que sigue:
_Esto se hace por mis santos dídimos.
Al político picado por el bicho le importa un pimiento si sus administrados están de acuerdo, si es una demanda sentida y reclamada, si se corresponde con el sentido común, si está permitida y contemplada dentro de la Constitución, si trae ventajas o desgracias, si se ha llevado con éxito en alguna parte, o si se trata de una imposición salvaje, al estilo de los caprichos que nos cuentan en las biografías de Calígula o de Heliogábalo.
Así ocurre con estos pobres hombres que hoy ocupan cargos de responsabilidad en Cataluña cuando en realidad deberían guardar cola en la consulta de un frenópata para ser tratados del pinchazo.
El ochenta por ciento no está de acuerdo con el gobierno al que vota en asunto tan principal. ¿Cabe imaginarse tortura colectiva mayor? Sí, que encima te multen.











