El precio de la Igualdad
Martes, 11 de Enero, 2011Perro humillado después de que una señora le llamó feo
Además de constituir un peligroso ejercicio de dirigismo punitivo, el modelo de urbanidad que propugna la nueva ley emanada de Igualdad ya existe en las normas morales, en los tratados de buenas costumbres, en el sentido común y en el régimen interno de cualquier casino, club o asociación creada para compartir espacios físicos.
Se resume en un sencillo pensamiento del que seguramente han oído hablar antes y que aconseja amar al prójimo como a uno mismo y tratar de ayudar a quien se deje. Lo decimos por si acaso la ministra Pajín llega a creer que inventó la pólvora y que la van a poner al lado de Kant en las enciclopedias. Perdón, de Kant no, que no le corresponde por orden alfabético. Entre Ortega y Parménides.
Sin caer en la petulancia, cualquier bachiller recordará la lección del imperativo categórico kantiano, que siendo posterior, abunda en la idea y la corrobora. Recordemos cómo se enuncia en una de sus fórmulas: Obra sólo como si la máxima de tu acción fuera a tornarse por tu voluntad en ley universal.
Lo leíamos, lo estudiábamos y lo comprendíamos a la perfección. No era tan difícil, por la cantidad de lógica elemental de la que se forma.
El hecho de que ahora reaparezca en nuestras vidas, reconvertido en una ley que persigue su incumplimiento mediante la delación, remitiendo la carga de la prueba al denunciado, creando nuevos tribunales e instituciones que sobre el papel dicen que velarán por él y desde donde se podrán imponer multas pecuniarias, supone un nuevo y escandaloso pitorreo contra el bolsillo del ciudadano, que por lo visto vamos a admitir como cuando llueve; esto es, procurando que no nos moje.
Pues nada. A ver si viene pronto y enchufamos a un ahijado de conserje.










