Decir o callar
Domingo, 20 de Septiembre, 2009Lo tiene claro
A este lado del filo de la navaja se encuentran quienes acallan sus críticas para no frustrar un posible nombramiento a manos de ZP en lo que resta de legislatura. Al otro, quienes ya no pueden mantener el silencio y lo desaprueban en público porque intuyen que si el presidente no se rectifica, no se van a comer un colín.
Es decir, todos están de acuerdo en lo fundamental, aunque difieran en la estrategia más conveniente para garantizar su supervivencia.
Ni unos ni otros van a descubrir nada nuevo a quienes están convencidos hace años de que la política española, como muchas fincas rústicas, es manifiestamente mejorable. Como mucho, quizás se sorprendan hoy de coincidir con quienes aseguraron por activa, pasiva y refleja, mientras los vientos soplaban favorables, que criticar al presidente era propio de fachas, que nos había tocado un mirlo blanco en el Gobierno y que vivíamos en el mejor de los mundos posibles. Ciertamente sorprende, pero tampoco demasiado.
De todo cuanto se ha dicho o escrito en estos días sobre el particular destacan sobremanera algunos detalles del reciente broncazo, réspice o rapapolvo, que el empresario venezolano Gustavo Cisneros le soltó al presidente en vivo y en directo.
Díjole, entre otras lindezas, que él recibía en su domicilio de Nueva York a políticos más importantes que los que últimamente visitaban La Moncloa y que su política estaba llevando España a la ruina.
ZP aguantó el chaparrón con esa expresión tan suya de estar pensando en las quimbambas antes de indicarle a Cisneros el camino de salida.
Allí, apoyado en el quicio de palacio, lo despidió encomendándole transmitiese sus recuerdos a Felipe González y a Cebrián mediante unas fotos/recuerdo de Durao Barroso y de Roures.











