La ministra es así
Domingo, 11 de Enero, 2009
Los 45.000 pasajeros colapsados en Barajas, Mariano Rajoy, la periodista Mayoral y todos los que, soliviantados, piden el cese, dimisión o trueque de la ministra Álvarez, deberían explicarnos a cuento de qué el aeropuerto de la capital ha de funcionar a la perfección, con nieve o sin ella; puesto que de hacerlo con corrección, se trataría de un caso extraordinario, desusado por estos pagos y fuera de todo tipo de estadística.
El alboroto tendría cierta lógica si el apellido Álvarez estuviese unido a noticias relacionadas con la eficacia, la previsión, el funcionamiento de los protocolos de actuación y otros asuntos del buen gobierno; pero siendo lo acostumbrado que se empareje a las situaciones de caos, improvisación y desconcierto, nada hacía suponer que a las primeras de cambio doña Magdalena lo iba a bordar, salvo que ese verbo haya adquirido últimamente el significado de “ser o ponerse borde”.
Gracias a su jefe inmediato y a otras fuerzas políticas que le han salvado el pellejo del repudio parlamentario _ posiblemente porque consideran que su actuación es impecable _, a la señora ministra se le refanfinfla todo lo que los españoles puedan sufrir por su causa, ya que su puesto está por encima del bien y del mal. Aquí no se trata de llevar a cabo una buena administración, sino de hacerla mala y de aparentar que la culpa la tiene Aznar, Bush e Israel. Bajo esas premisas, la ministra actúa de libro.
¿Cómo se le ocurre a Rajoy pedir su dimisión? ¿Qué quiere? ¿Que la nombren ministra vitalicia? Un poco de seriedad, señores; Fomento, como el fútbol, es así y así hay que tomárselo. Sólo faltaría que después de todas las críticas que ya le han caído encima en ocasiones precedentes, ahora se demostrase que eran más falsas que la tricotosa de Penélope en Ítaca. Qué va. Eran ciertas y de ahí que mantenga la poltrona.




El espectáculo se desarrolló al aire libre. El murmullo iniciado a primeras horas de la madrugada fue cobrando intensidad y volumen, como ocurre bajo cubierto, donde los gritos se combaten con otros más fuertes sin tener en cuenta que para hacerse oír en esos casos hay que moderar la voz, no subirla.