Caperucita en Moncloa
Martes, 21 de Octubre, 2008Revilla y el taxista se presentaron en Moncloa como Colón y los seis taínos que se trajo del primer viaje lo harían en el Tinell.
_Mira, presidente; un ciudadano.
_Miren, Majestades; seis indios.
Y claro, el presidente se puso a preguntarle cosas; su nombre, su edad, si estaba casado, si tenía hijos… No le preguntó a qué se dedicaba porque de lejos se veía que era taxista. El hombre estaba encantado y el tiempo se le iba como se van las vacaciones, en un suspiro.
Como no podía ser de otra forma, la charleta al pie de las escaleras monclovitas deriva hacia el mundo del taxi, y el inquilino del palacio le pregunta cómo va el negocio; a lo que el profesional responde que mal, que hay menos trabajo y que para contrarrestarlo, debe currar más horas.
Entonces ZP se vuelve hacia Revilla e indaga:
_Por cierto, ¿qué me traes en esa cestita?
_Anchoas en lata, ricos sobaos y un tarrito de miel que hacen las abejas de Cantabria.
_¡Qué rica! ¿Qué te parece si le damos la mitad a este buen hombre, que necesita un aporte vitamínico para aguantar tanto tiempo al volante.
_Por mí, lu mejor; que el mi muchachu tié cara de golimbrón.
Y allí mismo, delante de cámaras y camarógrafos, se ponen a hacer las partijas. “Dos sobaos pa tí, dos sobaos pal presi”. Cuando el reparto hubo concluido, el anfitrión dijo:
_Bueno, éste y yo nos vamos adentro, que tenemos que parlamentar.
_No, si yo también me iba _ coincide el taxista _. No saben ustedes cómo se está poniendo la cosa.
_Me imagino _ arriesga a confirmar el jefe del ejecutivo echando mano de datos macroeconómicos.
Y colorín, colorado, esta columna se ha acabado. Los tres fueron felices, comieron perdices y a nosotros nos dieron con el plato en las narices.



El caso es que el Rey ha tenido el detallazo de visitar el periódico fundado por mi abuelo hace un siglo y algo me impele a decirlo con orgullo, tanto por el fundador, como por todos los trabajadores que han hecho posible la celebración de este centenario.