Cuestión de cejas
Sábado, 9 de Febrero, 2008En la vida del inmigrante hay tres momentos bien diferenciados. El primero abarca el tiempo en el que decide marchar a otro país. Por los motivos que sea, generalmente económicos, una persona considera que otras tierras le ofrecen mejores garantías para luchar por la supervivencia que aquéllas en las que nace. Se elige el país y se examinan las posibilidades del viaje, la entrada y la estancia; es decir, se adquiere la conciencia de la emigración. En un segundo momento se pone en práctica lo decidido y finalmente, si todo se culmina con éxito, el inmigrante deja de serlo y comienza su aprendizaje de ciudadano en el país de acogida, bien de forma temporal, bien definitiva.
Por razones de difícil justificación, el Gobierno español parece interesado en que el inmigrante lo sea de por vida, que a nada le comprometa su vinculación con la nueva sociedad y que reciba de ésta las mismas atenciones, o más, que los nacidos en los territorios de su competencia. Este comportamiento inane contrasta con las propuestas de Rajoy y la decidida voluntad de Sarkozy de aplicar el principio de la lógica de Pero Grullo: Bienvenido a Francia, si usted quiere vivir en Francia. Lo contrario es el camino más directo para que desaparezcan los atractivos que un día pesaron para preferir el lugar de destino frente al de origen.
Podría decirse que la actitud gubernamental engarza con otras maneras de entender su papel administrativo, con las que demuestra tener muy poco aprecio por el Estado español al que sirve, por su historia y por todos los esfuerzos que fueron necesarios para crear una organización y unos derechos que ansían alcanzar quienes vienen desde lugares donde no existen, ni se les espera.
Por defender que todo esto siga siendo así, llaman racistas a quien lo propone. ¿Para eso sirven tan grandes cejas? ¿Cómo es posible tamaña ceguera?

