El servicio en vuelo
Martes, 1 de Agosto, 2006Tenemos unos empleados un tanto levantiscos y señoritingos. Casi todos menos Fraga, que asombra a los madrileños porque va todos los días al Senado, visita la biblioteca, anda, hace, trabaja. Vamos, lo normal en un empleado público. Nada que ver con esa otra subespecie de aristocracia ramplona que se mueve por el mundo creyéndose personalidades sin llegar siquiera a personas y quedándoles larga la categoría de personajillos. Ahí tenemos a toda una secretaria de Estado de Cooperación Internacional que monta un pollo en el aeropuerto de Menorca porque quiere usar la sala VIP a toda costa. A toda costa balear.
Seguramente su presencia en Menorca era debida a un asunto de suma importancia, como por ejemplo tomar sol en el culito y zamparse varias calderetas de langosta. Qué mejor remate para tan ardua tarea que una dulce espera en la sala VIP mientras El Prat se convierte en Rambla para paseantes.
Según cuentan medios no afines, las vacaciones de ZP en La Mareta nos van a salir más caras que su gobierno en Madrid. Según los medios afines, el señor presidente se merece eso y mucho más; al fin y al cabo en este último año ha trabajado lo que no está en los escritos para que los españoles dejemos de tener Estado al que pagar impuestos, ha solucionado las bajas tasas de natalidad con el efecto llamada y ha reducido a harina mohína el robusto bloque de consenso que habíamos logrado en la transición. Una capacidad destructiva que sólo está reservada a algunos hombres señalados por el destino.
Este servicio doméstico que atiende al pueblo en sus necesidades administrativas mantiene una relación especial con los aviones y los aeropuertos. Cuando no viajan en Airbús, se hacen la picha un lío con las salas VIP, o descorchan más botellas de las aconsejadas. El Código del Buen Gobierno debería incluir un manual sobre cómo ha de comportarse el servicio en tierra, mar y aire. Una Cartilla de Urbanidad.

