El hijo finolis del racismo
Sábado, 10 de Junio, 2006Por si quedaba alguna duda sobre la zafiedad prostibularia del nacionalismo entendido como el hijo finolis del racismo, los señores Sevilla, Maragall y Montilla nos acaban de impartir la lección magistral que lo corrobora.
Aquí mucho multiculturalismo, mucha alianza de las civilizaciones y mucho mestizaje, pero a la hora de la verdad, la vaquiña por lo que vale; pues una cosa es dejar que un charnego venga a limpiarnos los váteres, y otra muy distinta es que venga a presidir la Generalitat.
La soberbia comienza por el propio léxico. Quizás ignoren los señores Sevilla y Maragall que el término charnego, como sus antecedentes, el catalán xarnego y el castellano lucharniego, designan a los perros útiles para la caza. Vamos, lo que Alfredo Landa era a Juan Diego en Los santos inocentes. Cuando un catalán habla de charnegos está definiendo “a esos perros que aceptamos en Cataluña porque son útiles para el trabajo”. Que lo sepan, porque a lo mejor creen que es un sinónimo de extranjero, foráneo, visitante, inmigrante o turista, términos todos ellos que carecen de la carga peyorativa que preña la palabreja de marras.
Al señor Montilla, por haber nacido en Iznájar (Córdoba), se le tilda de forma inmisericorde como perro andaluz, y aunque Dalí y Buñuel ya lo hubiesen hecho con Lorca, en este moderno contexto el insulto se revela zafio, ruin y sin ápice de surrealismo por ninguna parte.
En España siempre recelamos en contra de los diputados cuneros, pero los motivos y circunstancias son los opuestos. Aunque lo parezca por etimología, al cunero no se le juzga por su nacimiento, sino por su esfuerzo, vinculación y trabajo hacia la provincia que representa.
Cómo será el racismo sembrado por estos señores, que hasta el mismísimo Carod se ha visto con fuerzas para salir diciendo, como Kennedy, “yo también soy charnego”.

