Matando frailes
Sábado, 20 de Mayo, 2006Cuando la disolución del Santo Oficio se hizo efectiva, se produjo en la España de 1834 una violenta reacción contra las sedes de la Suprema y sus representantes, durante la cual no hubo demasiado interés en distinguir entre quienes habían sido inquisidores de facto y quienes eran sólo monjes y sacerdotes sin relación con el instituto desaparecido.
Aquello fue un 17 de julio. Curiosa fecha.
La reacción, por supuesto, se presentaba espontánea y popular, aunque Mendizábal y los líderes negros, o sea, liberales y francmasones, la alentaron sin reparar en gastos, como por ejemplo, acusando a sus víctimas de propagar el cólera y envenenar las aguas para disimular el auténtico odio que les guiaba. La verdad es que en aquellas circunstancias no se podía esperar otra cosa.
De esos días cuenta el historiador Moreno Espinosa que un alcalde aragonés, muy cumplido y protocolario, remite al Gobierno de Madrid el siguiente informe: “En este pueblo, continúa la matanza de frailes dentro del mayor orden”.
Salvando todas las distancias coyunturales entre la cuarta década del XIX y la primera del XXI, a este corresponsal en Lugo le ha dado por pensar que la frase del aragonés sirve a los nuevos tiempos que se viven, pues en esta población también se siguen matando frailes dentro de la mayor normalidad, aunque la ventaja actual es que para el pogrom ya no resulta imprescindible que corra la sangre.
En términos políticos, que no judiciales, el episodio recuerda a esos bandazos que tanto abundan en la historia de España y que la fraseología define como “avanzar a trancas y barrancas”, como si fuésemos incapaces de dar un paso sin matar previamente, ora a frailes, ora a judíos; ora a negros, ora a azules.
Quienes vivan fuera de Lugo se pueden imaginar que la ciudad hierve en tertulias, sin apartar la vista de los conventos.

