Sin remachar
Viernes, 21 de Octubre, 2005Demasiado bonito para ser verdad, demasiados elogios internacionales, demasiado convencimiento en que estábamos ante la gran obra. Pero la transición se salvó a costa de no remachar ciertas imperfecciones que sobresalían del maderamen como puntas de clavos y que desprestigian el trabajo de cualquier ebanista por muy sublime que sea en el manejo del escoplo de media alfarjía, si no lo somete después a un profundo lijado.
Bastó la llegada al poder de personajes flojos de cimientos y fácilmente seducibles por el relumbrón de la trascendencia para que de inmediato surgiesen las tentaciones de tirarla por la borda y reiniciar un proceso doloroso, incierto y arriesgado, con el agravante de que ahora no se trata de unir, sino de separar, y para el que no cuenta con el consenso generalizado que existió entonces.
Aunque el diccionario no lo recoge, en España el adjetivo rojo tiene una acepción que va más allá del “radical, revolucionario, de izquierdas” entendido en todas partes. Y esa acepción es la que define a “quien pertenece a uno de los dos bandos que se enfrentaron en la guerra de 1936-39”. Si el presidente del Gobierno ha decidido que era conveniente presentarse con ella, está renunciando implícitamente a serlo de todos los españoles que daban el asunto por zanjado, si no en el 39, sí en el 78.
A partir de ese posicionamiento y de su nula voluntad por respetar los acuerdos de convivencia, apoyándose en quienes nunca se identificaron con ellos, a nadie puede extrañar que regresen episodios tan lamentables como los vividos en la UAM, en los que Carrillo sólo fue una disculpa para decir que si se rompe la transición, hay gente tan exaltada como el presidente, pero adscrita a otros colores.
De todo ello resulta difícil vislumbrar dónde está el beneficio social o político que se pretende, salvo que se trate del de una exigua minoría a la que las puntas de los clavos han dado vela y velón en el entierro.

