Lo nacional
Lunes, 1 de Agosto, 2005Acierta la ministra de Cultura cuando dice que el término nación tuvo distintos significados a lo largo de la historia y que por lo tanto resulta equívoco. La nación se vincula al nacimiento de cada individuo, aunque no por nacer en una isla desierta, ésta se convierta automáticamente en una nación. Añade la ilustre dama que para ella lo inequívoco es el estado, que España lo es y que lo seguirá siendo, aunque tenga muchas naciones dentro.
Como todo convencionalismo, la nación será lo que se interprete de común acuerdo, una cuna, un florero o un botijo. En Estados Unidos, como su propio nombre indica, nunca han sentido miedo a crear estados _ lugares donde rigen las mismas leyes _, pero tienen una sola nación _ el lugar donde se nace _, la norteamericana, con la que se identifican por encima de sus fronteras y de sus bailes tradicionales.
Llámense como se llamen los territorios españoles, el problema radica en que, aquí y ahora, se da cancha política a señores que luchan con todas las fuerzas para que sus correligionarios nunca se consideren englobados en un proyecto superior, a no ser para chupar del bote.
Las discrepancias sobre la denominación se convierten entonces en la pantalla con la que se camufla una deslealtad permanente y la negativa a sentirse algún día plenamente satisfechos e integrados, porque siempre quedará por encima el objetivo de la independencia, como máxima expresión de su quehacer político.
La señora ministra pretende desdramatizar el lenguaje, como si los ciudadanos fuésemos tontos de capirote, o nos asustasen las palabras como aquellos marineros que sienten pavor cuando se pronuncia “sacerdote” a bordo. Pues va a ser que no. Si algo asusta es precisamente la indefinición, el agua chirli y la hipocresía que se traen unos y otros sin aparentar el más mínimo aprecio por nada, salvo su propio egoismo.

