El voto de Paulov
Domingo, 22 de Mayo, 2005La publicidad nos ha educado para actuar por impulsos automáticos, que con el uso se convierten en reflejos condicionados como los del perro que produce saliva a la vista de un filete, aunque sólo se trate de su foto. A los políticos les priva el tema porque así son capaces de generar mensajes, estímulos y respuestas por un tubo _ el catódico, pues suelen ser dos o tres por telediario _, sin necesidad de largos y tediosos discursos tras la metafísica, las raíces y el raciocinio.
El proceso intelectual es lento, exige esfuerzos y sus resultados no son imperativos categóricos, sino que están mucho más relacionados con las dudas, con la tolerancia y con la ignorancia. “Sólo sé que no sé nada”. Con esas armas no se puede plantear una estrategia política porque ponte a calcular tú cuándo llegarán los frutos.
Al proceso político se le exige inmediatez, convicción y uniformismo, es decir, propaganda; es decir, filfa; es decir, apariencia. Los partidos no pueden presentar a sus rivales como propietarios de parte de la razón, porque la razón, al cien por cien, está en el bando de quien tiene el uso de la palabra y los otros carecen de ella por completo.
Se trata de evitar que el ciudadano pueda admirar lo social de un partido, lo cultural de otro y lo doctrinal de un tercero. Esa macedonia no hay manera de reflejarla en la urna; de modo que, o estás conmigo, o estás contra mí. Si trasladamos ese maniqueísmo a cualquier otro ámbito humano enseguida obtendremos el absurdo. Si admiras a Platón, olvídate de Kant. Si te gusta Góngora, ignora a Lope. O eres de Bach, o eres de Mozart. Admitamos, como Borges, que la democracia es el abuso de la estadística y que a la hora del voto no cabe más remedio que elegir uno y despreciar a todos los demás; pero admitamos también que una vez salvado ese mal necesario para el que se nos pide el fin de las dudas, el resto del tiempo podamos seguir siendo críticos y procesar ideas al margen de los clichés y los spots paulovianos.

