Rabia rabiña
Martes, 8 de Febrero, 2005Hay algo inequívocamente racial y español en la marcha de los Almodóvar. Algo manchego y quijotesco, aunque se desvirtúe en una amalgama de delirios golpistas y soberbias íntimas. El golpista se manifiesta en contra de la norma, cuando la norma no le favorece porque en el fondo es un soberbio de armas tomar, un ególatra y una prima donna sólo intesada en el halago y las lisonjas.
Es posible que el sistema de votación utilizado por la Academia desde el 2002 no sea el canon de la justicia y la ecuanimidad. Pero es que ninguno, ni siquiera el sufragio universal, se libra de críticas por sus imperfecciones; de modo que cualquier académico, en cualquier momento, podría sugerir una alternativa que lo mejore. “Ahora sólo podrán votar los directores algo fondones, con mechas blancas, nacidos en Calzada de Calatrava y que hayan acusado de golpista al PP sin pruebas”.
Bueno, pues puede ser una reforma bien vista por la Academia, e incluso que salga adelante con los votos a favor de la troupe Amenábar. Pero hacerlo a raíz de que una película tuya no alcanza el reconocimiento esperado, no sólo es acto de infinita vanidad, sino también un insulto a todos tus colegas de profesión; a los que han ganado, como Amenábar, por no felicitarles en su éxito, y a los que han perdido, como él mismo, por desprestigiarlos ante la posibilidad de que algún día lleguen a recibir el cabezolo del aragonés.
Don Quijote, en efecto, sólo veía lo que quería ver, pero lo hacía movido por su afán de desfacer entuertos. Don Pedro ve molinos de viento y conspiraciones golpistas en su afán por ser aclamado como el rey del mambo y ése es premio que sólo concede el favor del público.
Vamos a ponernos a su altura y decirle sin acritú que se meta su mala educación por donde le quepa y así, una vez digerida, tal vez se encuentre en condiciones de rodar una buena película, como ya lo consiguió hace años.

