Como el mar
Viernes, 21 de Enero, 2005La cosa comienza a torcerse cuando colgamos un tendal entre dos columnas del Partenón para secar las bragas. O lo que es lo mismo, cuando lo inmediato y lo efímero sustituye al símbolo y a lo eterno. Así, el diseño suplanta al canon y lo nuevo al clasicismo. Así, cuatro gritos selváticos ahogan el recuerdo de Pachelbel, y cuatro eslóganes malparidos sientan sus reales sobre la biblioteca de Alejandría.
Hoy se cacarea la libertad como si ésta fuese un producto de supermercado en los anaqueles de Congelados. Vas, la coges y te la llevas. ¿Acaso no eres libre? Sales a la calle y antes de escupir en la acera, empujas a una ancianita bajo las ruedas del autobús. La libertad, dicen, no exige ningún esfuerzo, no se alcanza a través del conocimiento, no es una meta; se tiene y listo.
Ibarretxe se separa, Ramona le atiza el cianuro a Ramón, me caso con Manolo, se cargan a doscientos madrileños, aprobado general. Lo cantaba Enrique Santos Discépolo en Cambalache y hoy le hacemos los coros. Oiga, ¿y si a Bush le da por invadir Irak? ¿También es libre albedrío? ¿Puede Sadam comerse mil kurdos crudos?
Castro, que es un mago de las libertades, alquila la cancha para los desenfrenos, los graba en Beta Cam y los tiene a todos cogidos por los huevos. ¡Toma libertad!
“Libre como el mar”, nos hizo repetir Nino Bravo. Mire usted, el mar sube y baja con una regularidad pasmosa, sujeto a rígidas leyes físicas sólo alterables por los movimientos de las placas tectónicas. Y cuando eso ocurre, ya no es mar, sino maremoto.
Libre ¿para qué? ¿Para elegir entre “Antes muerta que sencilla” y politono “Ave María cuándo serás mía”? Mejor obligados a aprender de memoria la República de Platón, la lista de los reyes godos y la Anábasis de Jenofonte. Al menos después sabremos que para ser libres necesitamos ser esclavos de las leyes. Cicerón dixit.

