El juez de la horca
14 de Junio , 2021
Yo soy el juez que soy
No es una manera de entender la política contra otra. Es la legalidad contra la delincuencia, con el insólito agravante de contemplar atónitos que quienes se ponen del lado de los forajidos ¡son los que ocupan el poder! Áteme esa mosca por el rabo.
En un ejercicio de difícil, pero factible, pedagogía política podría haberse planteado la necesidad de los indultos por razones de amejoramiento de la convivencia. Señores, están arrepentidísimos, han prometido enterrar su enfrentamiento violento e ilegal contra el Estado y el indulto ayudará sin duda a encontrarnos en futuro de entendimiento, de modo que tapémonos las narices, cubrámonos los ojos con las manos, cerremos nuestras bocas y vamos adelante con la medida de gracia.
Seguro que en ese caso ni siquiera habría un solo informe jurídico desfavorable, ni gente en Colón, ni el convencimiento desapasionado de que estamos en manos de bandas peligrosas.
Pero no es ésa la escena. La de hoy es la de un juez de la horca que trata de sustituir la letra impresa y los poderes que de ella emanan por el dictado de su santa voluntad con el único objetivo de mantener un poder apuntalado con alfileres por los enemigos declarados de la argamasa española.
En la película, Paul Newman da vida a un falso juez que imparte su justicia en un lugar donde no la hay, pero incluso en aquellas circunstancias, al lado de su propio supervivencia, aspira a convertirla en una gran ciudad, a que llegue el tren y que se levanten enormes edificios como en cualquier lugar civilizado.
Nuestro juez trapichea con tierras, derechos y competencias. Nada le frena si considera que eso le mantiene apoltronado.
Su soberbia llega al extremo de bastarle la misma definición que Dios da de sí mismo a Moisés: Yo soy el que soy.











