Peligroso orgullo

Cuando el autor de un libro de viajes describe un pueblo y dice de él que sus gentes son muy orgullosas, entendemos al instante que viven con varios siglos de retraso respecto a la vanguardia tecnológica, que practican costumbres bárbaras a nuestros ojos, o que basan su subsistencia en la caza. Sólo así el escritor puede justificar que no los esté insultando y que al calificarlos de orgullosos, sólo diga que se encuentran a gusto consigo mismos, aunque desconozcan todo lo relativo a la fusión termonuclear. Quizás por ello Fontenelle sentenció que el orgullo es el complemento de la ignoracia, y no contento con la rotundidad del enunciado, insistió años más tarde que la modestia es el complemento de la sabiduría.
Viene esto a cuento porque en los últimos tiempos se observa un notable incremento en el uso político del orgullo como valor absoluto sin fisuras, y conviene decir que es una barbaridad y una muestra de cerrilismo supino muy propia de nacionalsocialismos de ingrato recuerdo.
Se utiliza el orgullo para destacar el mérito de haber nacido en una tierra y no en otra, de tener una orientación sexual y no otra, de amar una camiseta futbolera y no otra, de tener un pensamiento político y no otro; todo lo cual, convenientemente manipulado, favorece la formación de castas capaces de mirar por encima del hombro a todos aquellos que no coincidan en los respectivos orgullos.
A cualquier interlocutor que esté todo el santo día dándonos la tabarra con el “yo soy, yo sé, yo hago”, le volvemos la espalda por estúpido y por coñazo. Cuanto más si se trata de todo un colectivo que se pasea con la mirada altiva y el rictus de perdonavidas colgado de la comisura inferior del labio. Cualquier iniciativa que provenga de una facha así merece ser respondida con la indiferencia, por muy excelsa que sea, hasta que se exponga y defienda en correctas condiciones.

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