Nuevas culturas

Todos los centros de enseñanza son templos de sabiduría donde la admiración y el respeto por el conocimiento se demuestran en cada uno de los comportamientos individuales, en la corrección de sus formas y en el máximo aprovechamiento de las lecciones desde el primer día de presencia en ellos.
Con toda seguridad, el anterior párrafo sonará a chino cantonés en los oídos de muchos profesores, padres y educandos, porque el ambiente y las actitudes de alguno de los centros de enseñanza que conocen difieren notablemente de lo que en él se expone.
Alguien con poder ha debido pensar en la reciente historia que los centros de enseñanza se acercan más a sus objetivos cuanto más se alejen de las imposiciones, de las normas y del buen criterio, confundiendo una vez más el culo con las témporas, y la libertad individual con la barbarie.
Tan bajo se ha llegado en este despeñaperros de la educación y la autoestima que al matonismo de pandilleros se le llama ahora “la cultura de las navajas”, como tuvimos ocasión de comprobar en el conflicto de L´Hospitalet. Nos dicen que nos acerquemos a ellos y tratemos de justificar y comprender su incultura, cuando el movimiento y el esfuerzo ha de realizarse en dirección contraria. Pero ni eso está claro ya en una sociedad amuermada que se deja dar lecciones de urbanidad por el primer gurrumino que abre una faca y la blande al sol. Así no es de extrañar que el paso por las aulas no garantice la desaparición del analfabetismo funcional una vez se haya finalizado el ciclo. Todo lo más, el sistema se ufana de que esparce unos cuantos conocimientos sobre la población creyendo que con eso se cubre el expediente, se le da buen destino a los impuestos y la cosa marcha, aunque alrededor florezca la cultura de las navajas, de los gritos, del acoso y del vandalismo, que por lo visto, también son actitudes muy apreciables para el avance de la humanidad.

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