La dama tapada

Discreta, hogareña, humilde y conciliadora, la catedrática doña Begoña —valga la redundancia— ha solicitado que se le evite la grabación videográfica de su declaración de hoy.

Es tal su recato que su primera preocupación es preservar su imagen en un acto tan demandado por el público, ávido de información.

¿Cuántas no darían varios días de sus vidas por aparecer fotografiadas en los papeles, aunque fuese de perfil izquierdo, centro y perfil derecho? Una foto que les abriría las puertas de los Jorgejavieres que en España son.

Pues nada, ella empeñada en pasar desapercibida como el Hombre Enmascarado, la sombra que camina, en su caso, mejor con hijab, en honor al Africa Center. La dama tapada que entra y sale de los juzgados como el comisario Villarejo, detrás de unos útiles papeles que siempre le sirven de muletilla.

Tapada debería haberlo estado desde el principio, no por pata quebrada, que eso ya es historia, sino por simple decencia, y se habría ahorrado el marrón en el que se han metido ella y su marido.

Ignoro qué habrá decidido el juez, ni si cabe tener en cuenta esas excepciones “dada mi relevancia pública”, como dice la investigada en su solicitud de apagón de cámaras.

Lo que no ofrece dudas es que doña Begoña, bisoña en juzgados, no está orgullosa de su estampa y pretende difuminarla. No nos extraña. Nadie puede sentir el más mínimo aprecio por la fotografía de la esposa del presidente emponzoñada en una cadena de actuaciones que tiñen de negro el más brillante de los expedientes y que, unida a una trayectoria de dudosa limpieza, acaba por sugerir, sólo sugerir, el más insano de los comportamientos políticos.

Dada mi relevancia pública voy a ser cristalina como agua de la fuente. Eso sí habría tenido sentido.

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