Lo que la verdad esconde

André Maurois decía que “es una verdad absoluta que la verdad es relativa”, pero en España le ha salido un adversario que quiere llevar a lo más alto aquello que él considera único y verdadero.

Él, precisamente él, que muda de opinión como los camelleros de campamento. El mismo que un día reniega tres veces de Bildu y al siguiente se besa en la boca con ellos. El que necesita a ministros que vayan por detrás aclarando que no miente, sino que es un cambio de opinión.

Ése, precisamente, ése se va a armar de una ley que le permita censurar a los medios que no piensen como él. Se le ha ocurrido la humorada de llamarlo desinformación, como si Pilar Alegría fuese la Boca de la Verdad romana. Y añade que se trata de medios sin lectores. ¿A qué tanto revuelo entonces?

Cuando Alemania quiso hacerse con algunas publicaciones españolas para contar con germanófilos antes de la I Guerra Mundial —no de la II—, lo que les preocupaba a los intermediarios es que el medio tuviese lectores, por eso se fijó en diarios y revistas de temas populares, un tanto irreverentes y amigos del chismorreo. Lo lógico. Si quieres vender anillos para las narices no te vas a anunciar en la Revista de Occidente.

“La verdad es un ácido corrosivo que salpica casi siempre al que lo maneja”. No se lo van a creer, pero la frase es de Ramón y Cajal. Y todavía más demoledora es la de su tocayo Santiago Rusiñol: “Quienes buscan la verdad merecen el castigo de encontrarla”.

Un presidente ocupado en semejantes alturas filosóficas es un presidente frustrado, incapaz de encarar los auténticos problemas que le tocan gestionar, obsesionado por su propio futuro y angustiado por su presente.

Haga lo que haga no conseguirá que su política se vea de otro color del que tiene, gris tirando a negro.

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