Por la cara

En la concesión de cátedras siempre hubo amiguismos. Es imposible desterrarlos porque van en la mochila de cada uno de los miembros del tribunal. A Canalejas le birló una cátedra merecida Menéndez Pelayo porque tenía más contactos y porque el ferrolano era tan joven que les daba vergüenza dársela.

Don José se plegó al fallo y reconoció la superioridad de su rival. Vuelve a ganársela en la segunda ocasión Sánchez Moguel y ahora ya no se conforma. Es injusto a todas luces y Canalejas protesta. Campoamor, que está en el tribunal, no sabe por dónde salir porque el aspirante tiene toda la razón.

Por no quedarse callado, a Campoamor no se le ocurre mejor disculpa que espetarle: “¡Pero, don José! ¡Si va usted para ministro…! ¿para qué quiere ser catedrático?”

Son cosas que pasan cuando está en juego una cátedra, un sillón académico o un premio literario con botín o sin él. Vale más presentarse con una buen amarradura que con el Quijote.

Pero las cosas están cambiando. Ahora la Complutense investiga por qué se le ha dado una cátedra a Begoña Gómez sin ser licenciada. Es decir, no es que se le haya favorecido en unas décimas para que superase a la competencia. ¡Es que la cátedra se la han dado por el morro, por la jeró, de cuchara, por arte de birlibirloque, de gorra, a dedo, sin ton ni son, de chiripa, por la puerta de atrás, por el interés me quieres Andrés, a la pata la llana, de cocó, a roso y velloso, sin pensárselo dos veces, a troche y moche, de pucherazo, por las cuentas de la vieja, de chollo, por ser vos quien sois, a cascoporro, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, sin pestañear, gratis total y por la jeta!

Incluso es posible que se líen y tarden en averiguarlo. Campoamor le diría: Usted que es presidenta ¿para qué quiere una cátedra?

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